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Vasos Sucios
Por el Anticristo (noviembre 2007)
El manejo de la basura es uno de los grandes
temas de la modernidad.
Y para que vean que no siempre soy tan negativo, esta vez voy a
comenzar tratando de ver el vaso medio lleno (y no medio vacío
como es mi costumbre), al sostener que, como Humanidad, y a pesar
de todos los problemas que tenemos en nuestro planeta, al menos
con respecto al manejo de los deshechos, hemos avanzado mucho.
Hmmm... En realidad, eso no era exactamente lo que quería
decir.
Permítanme redactarlo de otra manera: creo que, como especie,
por fin estamos corrigiendo el rumbo y empezando a ir en la dirección
correcta.
Hmmmmm... No. Tampoco es eso lo que intento expresar.
Sería mejor decir que en los tiempos presentes, y a pesar
de los innumerables desastres ecológicos que hemos provocado,
todavía hay motivos para tener esperanza, porque hoy en día
estamos más conscientes del tema, y eso, por más negro
que se vea el futuro, ya es un avance.
Hmmmmmmm... En realidad, pensándolo bien... estamos jodidos.
Neoproblema
Más allá de como estén los vasos, llenos o
vacíos, sí es claro que el manejo de la basura es
un problema inédito a la Humanidad.
Nunca antes lo habíamos experimentado. Ocurre sólo
ahora porque la población, la esperanza de vida y las ambiciones
de los hombres son definitivamente mayores a las que tenían
nuestros antepasados, potenciado por el hecho que, al copar el planeta,
ya no queda terreno disponible que permita absorber los efectos
de los impactos.
Entender que es un problema nuevo también explica, un poco,
porque nos hemos equivocado tanto al intentar solucionarlo. Al no
existir precedentes válidos de los cuales hayamos aprendido,
hemos tenido que improvisar, aplicando medidas que en su momento
parecían soluciones, sólo para después descubrir
que eran (y son) estupideces (arrojar la basura al mar es un buen
ejemplo de ello).
Para hacer las cosas más complicadas, también tenemos
que considerar en este análisis a la Globalización,
un fenómeno igualmente nuevo que genera su buena cuota de
complicaciones. Lo que sí, esta vez al menos aparejada con
ella vienen cosas positivas (¿vaso medio lleno?). Por ejemplo,
permite rápidamente acusar a quienes están
involucrados en actos de contaminación severos, impidiendo
así que las embarradas pasen desapercibidas por
más esfuerzos que hagan las corporaciones o gobiernos responsables
(por ejemplo, el caso de los cisnes de Celco).
Privilegiado Usuario Frecuente
Como hoy en día lo que arrojemos por la ventana terminará
entrando por la puerta, hablar de la problemática de la basura
termina por convertirse ineludiblemente en un debate acerca del
cuidado del medio ambiente y, luego, en la amenaza de extinción
que enfrentan las especies que viven en él. La flora y fauna,
al estar confinada a un número cada vez menor de zonas cada
vez mas pequeñas, se ha vuelto tan frágil que, de
no asistirla con medidas explicitas, acabará dañada
de muerte y terminará por desaparecer, al menos en la forma
como la conocemos hoy (estarán de acuerdo que un mundo qué
sólo tenga cucarachas, ratones y palomas, si bien es un ecosistema
válido, también es pobre).
El problema es obvio. Hablar de basura y medio-ambiente es hablar
de elementos extraños que arriban en cantidad y calidad a
un ecosistema que no está preparado para defenderse. Tan
sencillo como eso. Puede ser un pequeño envoltorio plástico
de un caramelo arrojado en un bosque (visible pero inocuo) o radiación
filtrada al agua por una planta nuclear (invisible pero letal).
Puede que las magnitudes y consecuencias de estos dos ejemplos extremos
sean distintos (y por lo tanto deben ser combatidos de maneras diferentes),
pero al final son sólo expresiones disímiles de un
mismo fenómeno: ensuciar.
Nosotros, los montañistas, estamos directamente involucrados
en este problema. Porque, primero, por la naturaleza propia de las
actividades que realizamos, somos testigos directos de cómo
esta confrontación ha degradado sistemáticamente las
áreas silvestres terrestres (el mar es otra historia). Segundo,
porque a tal extraño privilegio se le suma el hecho que somos
quienes más las visitan (más que los científicos
o militares). Tercero, porque los impactos que hagamos en la naturaleza,
por muy menores que parezcan (comparadas con los que hace, por ejemplo,
una mina de carbón), son analizados con especial severidad
por el resto de la Sociedad.
Nos guste o no, estamos en el medio del huracán. Ante eso,
¿respondemos a la altura de las circunstancias? ¿Cuidamos
el medioambiente como se esperaría de nosotros? ¿O
solamente somos tan buenos o malos como el resto de la sociedad
que nos alberga?
Chicos Piadosos
Bueno, como es de esperarse, hay de todo. Desde escaladores que
están súper conscientes del problema, y que ayudan
en forma anónima o pública (recogiendo la basura en
las Chilcas o colgándose desnudo de la torre Entel para reclamar
por algo), hasta montañistas que son verdaderos terroristas
ambientales que, con tal de poder escalar un poco mejor, están
dispuestos a talar, romper y ensuciar (varios amigos
míos son así).
Afortunadamente, creo no equivocarme al decir (¿vaso medio
lleno?) que estos últimos son sólo una minoría
y no alteran la percepción general que los montanistas sí
cuidan el medio ambiente, sí son bien intencionados y sí
se preocupan de minimizar sus impactos. O sea, somos buenos tipos.
Admitido eso, no se puede negar que todavía hay mucho por
mejorar. Es más, si me pusieran una pistola al pecho y me
obligaran a enunciar cuáles son los principales defectos
de los montañistas nacionales con respecto a este tema, no
me demoraría ni dos segundos en encontrar tres grandes áreas
en las cuales estamos en deuda: educación, activismo y adaptabilidad.
Conceptos que, como es habitual, paso a explicar a continuación.
Educación
En la medida que la población de un país tenga mejor
Educación (así con mayúscula), tendrá
mejores herramientas intelectuales para poder debatir casi cualquier
tema, entre ellos, la contaminación de nuestros espacios
salvajes (dado que el Hombre no viene pre-seteado con el concepto
del cuidado del medio ambiente y se requiere cierto grado de elaboración
para comprender cabalmente las consecuencias del problema que tenemos).
Nuestros instintos, venidos de los tiempos en que apretábamos
cachete delante del Dientes de Sable, juegan en contra nuestra,
porque nos llevan a preocuparnos sólo de nosotros,
aquí, hoy. Nociones como Respeto,
Empatía, Generosidad, sólo vienen después,
al recibir el barniz civilizado que la Educación coloca sobre
el mono primitivo que todos llevamos adentro. El ejemplo clásico
es el del pobre hombre que vive en condiciones míseras (en
la base de la pirámide de Maslow) y que no ve como un problema
arrojar la botella plástica, o cualquier otro objeto neutro
a su sobrevivencia inmediata, al arroyo que pasa cerca de su choza.
Los montañistas chilenos están un poco más
arriba que eso, pero tampoco debemos pasarnos de la raya y pretender
que por el sólo hecho de ser capaces de escalar un cierto
grado, o subir a una cierta cumbre, somos más educados o
inteligentes que el resto de los mortales. Sí, es cierto
que el montañismo entrega la oportunidad de vivir experiencias
extraordinarias, las cuales podemos o no, aprovechar luego para
convertirnos en personas más sabias. Pero eso no es algo
inmediato ni dado, sino que responde a un proceso reflexivo que
no todos los alpinistas hacemos.
Por eso, en principio y en general, los montañistas chilenos
tenemos (o si gustan, arrastramos), la misma Educación que
el resto de nuestros pares chilenos ha recibido. O sea, en honor
a la verdad, no mucha.
Eso explica porque a veces cuesta tanto debatir cualquier problema
en nuestra comunidad. Sencillamente la Educación recibida
no es la suficiente como para controlar las pasiones y dejar espacio
para la racionalización y la tolerancia. Así, no extraña
que el tipo que acaba de escalar a vista un 7b le conteste, a combo
limpio, al inútil del 5.7 si éste le dice que no tire
al suelo la colilla del pito que acaba de fumarse.
La problemática de la basura sólo será resuelta
con medidas inteligentes, creadas, implementadas y respetadas por
gente ídem.
Activismo
El segundo defecto de los montañistas chilenos, con respecto
al tema del manejo de la basura, es que cuando aparecen los problemas,
respondemos muy pasivamente (o, de frentón, no hacemos nada).
Nos limitamos a criticar y criticar, pero luego, llegada la hora
de plasmar nuestras intenciones en hechos concretos, nos desinflamos
(no sin antes rogar internamente que ojalá sean otros los
que trabajen por encontrar una solución). Actitud que es
tan habitual en nuestro país que se ha transformado en una
verdadera tara nacional, una que explica muy bien porque somos (o
merecemos) ser un país sub-desarrollado.
No se trata de salir a la calle y tirar piedras por cada decisión
que no nos guste, pero sí entender de una vez por todas que
la sociedad va a cambiar sólo en la medida que nosotros mismos
tomemos cartas en el asunto. Ya sea incorporándonos a grupos
gremiales de presión, financiando a organizaciones no gubernamentales
que nos identifiquen o, incluso, manifestando físicamente.
Los montañistas nacionales tampoco escapamos, de nuevo, a
esta característica-país y, salvo muy raras excepciones,
no hemos sido capaces de organizarnos y dictar nuestros puntos de
vista y condiciones al resto de la sociedad. Entre ellos, nuestra
cerrada oposición a cualquier proyecto que amenace nuestros
eco-sistemas.
Miren, yo entiendo que participar activamente da flojera. Y lata.
Pero, créanme, quedarse cruzado de brazos no es solución
a nada.
Adaptabilidad
El tercer punto, y último, es que somos muy lentos para adaptarnos
a las nuevas situaciones.
Como lo comentaba antes, la naturaleza y los ecosistemas han llegado
a ser tan frágiles que cada día aparecen nuevos enfoques
intentando revertir la situación. Eso lleva a un cambio continuo
en las regulaciones que nos controlan y en las técnicas de
mínimo impacto que usamos. Los montañistas ya debieran
estar acostumbrados a este proceso dinámico y debieran mostrar
una capacidad de adaptación excelsa, propia de un deporte
que, además, exige responder rápido a eventos inesperados.
Pero curiosamente, esto no es así. En los hechos se ha visto
que cuesta mucho que los andinistas cambiemos nuestras costumbres,
normalmente tomándonos años en incorporar medidas
que a veces son de una simplicidad brutal.
Si tienen dudas al respecto, es cosa que miren lo que nos ha ocurrido
en el pasado. Por ejemplo recordar las décadas que nos tomó
erradicar el pésimo hábito de enterrar la basura (en
vez de cargarla de regreso). O cuánto ha costado que nos
acostumbremos a no dejar el papel higiénico usado.
Hay más ejemplos de resistencia en Chile a medidas que en
el resto del mundo ya están hiper-asumidas: no dejar botadas
las toallas higiénicas usadas, no romper los árboles,
no botar las colillas, no alimentar los animales silvestres, no
hacer fogatas, uso racional del magnesio, dejar de usar bolsas plásticas,
dejar de escalar en zonas cuando llegue el período de nidificación,
etc.
Históricamente el montañista nacional ha demostrado
ser testarudo y de una pobre adaptibilidad, cambiando sólo
porque hasta los melones se están cayendo de maduros. Obstinación
que es defecto puro, porque nos hace una masa tan pesada y lenta
de reaccionar que a veces con su pura inercia termina por bloquear
buenas iniciativas.
Epílogo
No ensuciar el medio ambiente requiere disciplina, paciencia y adaptabilidad.
Es hablar de hacer un esfuerzo, a veces poco, normalmente mucho.
Pero es por una causa justa, una por la cual vale la pena hacer
un sacrificio.
Los montañistas chilenos tenemos algo que decir al respecto,
entre otras cosas porque en ocasiones somos los únicos que
pueden atestiguar lo que está ocurriendo. Sí, tendremos
defectos (algunos muy serios), pero no somos parte del problema.
Además creemos que algún día nuestras sensibilidades
prevalecerán, porque la razón está de nuestro
lado.
En una discusión donde al final ya no se trata de ver si
el vaso del cual vamos a beber está medio lleno o medio vacío.
Está sucio.
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