Anticristo: El Problema
La Columna del Anticristo
VERSIÓN PDF Versión PDF
El Problema
Por el Anticristo (junio 2007)
Hola:
No es relevante explicarte como llegué a dar contigo o cómo supe de tu existencia, salvo comentarte que en estos momentos lo que más necesito es honestidad, y de ti se podrá decir cualquier cosa pero no que eres mentiroso.
Mira, tengo 35 años y lo he logrado todo. Soy Ingeniero Civil Industrial con mención en Sistemas, titulado en la Universidad Católica y con un Magíster en Planificación. Tengo a mi cargo la Gerencia de Desarrollo en la compañía de seguros más grande de Chile. Estoy casado con Marcela, una mujer hermosa que acaba de cumplir los 30 y con quien tengo dos niñitas de 9 y 10 años de edad. Y como hace 4 días me compré una casa en Las Condes, salvo el eterno problema de no tener tiempo para nada, puede decirse que soy feliz.
¿Cuál es el problema entonces?
Bueno, ehmmmm... Me da vergüenza admitirlo, pero la verdad es que debo decir que no puedo negar que perdí la guerra contra el sobrepeso.
No es que tenga muchos kilos de más. No, no. Son tan sólo nueve... pero que me molestan como si fueran cien. Apenas me coloco el pantalón y ya empiezo a sentir esa incómoda presión que ejerce la pretina en la cintura, con los rollos resbalándoseme hacia afuera. Y ni hablar de esos momentos después de almuerzo, cuando pareciera que voy a terminar por romper la camisa de lo hinchado que quedo. Es tanta la molestia que siento, que sospecho que al caminar la gente me asocia a una prieta con corbata.
Por más esfuerzos que he hecho, la gordura no se ha reducido. En promedio he subido un kilo por año, lo cual me extraña porque siempre fui delgado y me encanta practicar deportes (aunque reconozco que últimamente no lo he hecho mucho). Por supuesto que he probado secretamente cuánta dieta aparece en esas revistas que lee mi señora. Incluso una vez llegué a perder diez kilos, pero se regresaron rápido una tarde en que la menor estaba de cumpleaños, cuando no pude parar de comerme la mitad de su torta de merengue (el último pedazo lo deglutí a escondidas en el baño). También, típico, me he inscrito varias veces en diferentes gimnasios, en las primeras semanas con asistencia perfecta, pero los fríos hechos demuestran que en ninguno de ellos duré más de un par de meses, porque al final el ritmo de trabajo y la rutina me terminaron por atrapar.
Igual no deja de ser irónica la vida. Cuando joven siempre me burlé de mis tías, porque hablaban de las dietas que estaban haciendo mientras se comían la segunda porción de lasaña, para luego pretender redimirse tomándose el café con sacarina.
No sé si estas preocupaciones tienen sentido. Quizás debería aceptar que ya no hay nada más que hacer y que debo sencillamente entender que estoy viejo, lo cual significa dejar de lado mis absurdos egos y pasar a preocuparme absolutamente de mis hijas. Creo que podría vivir con eso... si no fuera porque hace un mes ocurrió algo que me ha hecho replantearme las cosas.
La Marcela, que tal como te comenté antes es súper atractiva (morena, de ojos verdes y rasgos finos), tuvo la genial idea de inscribirse en un viaje de aventura que terminaba con una ascensión al Ojos del Salado. Cuando volvió, la encontré cambiada. No sólo más delgada y de mejor tono muscular, sino que sospechosamente hablando demasiado del guía que había estado a cargo del circuito. Y, como le quedó gustando la experiencia, hace una semana volvió a inscribirse en otro programa, esta vez uno que va al Aconcagua y que, adivina buen adivinador, estará conducido por el mismo guía en cuestión (quien, el muy desgraciado, tiene un estómago plano).
Seré Ingeniero pero no tonto. Está claro que tengo competencia en el camino y debo aplicar medidas radicales si es que quiero retener a mi señora, lo cual, quiera o no, pasa por perder peso. Sin tal componente, cualquier otra cosa que haga será inútil.
La razón para escribirte es que me he fijado que no hay montañistas gordos. No sé si será por la marihuana que consumen, o la continua actividad sexual que realizan entre todos en cada campamento. No lo sé. Pero los resultados no mienten. Quienes lo practican se ven esbeltos, musculosos y siempre parecieran tener diez años menos.
Es por eso que se me ocurrió que quizás existan aquí, en esta disciplina, un par de ideas nuevas en esta lucha que estoy manteniendo por perder peso, dado que tengo la sospecha que hasta ahora mi problema ha sido que he utilizado un enfoque equivocado. Así, si compartieras conmigo el secreto de los montañistas, al final podría utilizarlo para recuperar la atención de la Marcela antes que sea demasiado tarde.
¿Qué me puedes aconsejar?
Se despide atentamente de ti,
Ghordi Castells
Magíster, Ph.D.(c)
Estimado Ghordi:
Estás en problemas. Y muy serios. Porque incontables son el número de esposas aburridas que, en nombre de la libertad, el relajo y el amor, han caído en las manos de los guías de montaña. Incluso yo que tú pasaría inmediatamente a planes extremos (si quieres golpear al guía, conozco a unos escaladores karatecas que por dos mosquetones harían cualquier cosa).
Bien complicada tu situación. Y, además, son polémicos tus comentarios, porque es más que discutible que los problemas maritales se solucionen sobre la base de la belleza física. Aunque hoy en día, cuando vivimos en una época que sólo acepta cuerpos perfectos, muchas bellas mujeres pueden llegar a sentirse aburridas de ver como sus maridos se degradan físicamente, especialmente si pueden comparar a sus esposos con otros sementales.
Después de todo, quizás sí es válido ver este fenómeno como un llamado de atención hacia esa actitud de dejación que muchos profesionales como tú tienen. El cariño importa, sí, ¿pero dejarse engordar sin dar la pelea? Eso no es bueno, porque demuestra un carácter débil y constituye una falta de respeto hacia uno mismo y, luego, hacia la pareja.
Bueno, los problemas conyugales no son mi área, además que sólo Dios (y el guía) sabrán en que terminará esta historia. Así es que con respecto a este tema, yo paso.
De lo que sí realmente puedo hablar y meter la cuchara es acerca del montañismo y, en este caso, su relación con el sobrepeso. Eso me hace decirte que estás bien equivocado al pensar que todos los que lo practican son delgados. De hecho varios de ellos que se auto-proclaman escaladores de elite, ya están bastante pasaditos de peso (incluyendo al colega del otro diario que lo photoshopean para que no se le vea la papada). Estos individuos, de cinturas con forma de pistolita de marciano, son fáciles de identificar: ya no se sacan la polera en las palestras, al verlos comer sin parar se defienden diciendo que lo hacen porque están en su “pre-temporada”, y, al cerrarse la riñonera de la mochila en la cintura (y ver como se desplazan todas las grasitas para arriba y para abajo), argumentan que es sólo un efecto visual.
Dicho eso, no puedo negar que algo de cierto hay en lo que dices. Sí, los montañistas como que tienden a ser más esbeltos que sus amigos no-practicantes de igual edad. Pero no por la marihuana o el sexo, sino que por la vida activa que llevan. Es decir, no importa si es en el Pochoco o en el Everest, al final igual hay que hacer un gasto energético para desplazar el cuerpo de un lugar a otro. No es magia. No hay secreto. Sólo es ejercicio.
¿Más honestidad Ghordi?
Bueno. Es patético escucharte. Dime tú, ¿qué esperabas? ¿Que pudieras seguir comiendo 3.500 calorías diarias y traspasarle toda la responsabilidad de quemarlas a tu supuesto súper metabolismo juvenil? ¿Qué podrías comerte cuanto asado, postre y comida quisieras, esperando poder rebajar el exceso sólo subiendo al segundo piso por las escaleras? ¿Qué tal conjunto de grasa en tu papilla, brazos y abdomen se podrían ir fácilmente cuándo lo quisieras? (así, con el chasquido de tus dedos).
Bajar de peso hoy en día es sencillamente un problema porque, ya sea por falta de voluntad, factores atávicos o derechamente un vicio, la gente no está dispuesta a comer menos. Punto. No hay otra explicación. ¿Quiere bajar de peso? Fácil. Deja de comer, su débil guatón grasoso.
Por supuesto que es difícil y claro que da hambre, pero, ¿no se supone que eres un hombre exitoso, que ha sido capaz de sobrellevar enormes dificultades para llegar a ocupar el cargo que tienes? ¿Y no puedes decirle que “no” a un simple conjunto de aminoácidos y productos químicos que se te coloca frente a la vista?
Lo lamento; piedad de mí no tendrás. Eres nada más que una ameba, fea, sin carácter y más encima cobarde. Sí, porque probablemente eres uno de esos que veo caminar por la calle, felices de vestir un traje tan bien cortado que juran que disimula bien las prominentes barrigas, cuando en realidad con ello lo único que hacen es demostrar que están gordos y que pretenden ocultarlo. Muy similar a lo que hacen esas mujeres jóvenes que están gordas y quieren esconder su papada pintándose las mejillas en trazos diagonales, intentando infructuosamente dar el efecto de alargar la cara.
¿Quieres sugerencias? Aquí va la primera. Entender de una vez por todas que el sobrepeso es una enfermedad, que está mal y bajo ninguna circunstancia ha de ser tolerada. Segundo, que ninguna medida funcionará si no involucra un cambio en los hábitos de vida: hacer más deporte, no fumar, nada de drogas, ¡comer mejor! (que no es lo mismo que comer más). Tercero, y aquí ya vamos entrando en los detalles, para bajar de peso habrás de hacerlo profesionalmente; es decir, con supervisión médica.
Cuarto, relacionado con lo segundo, dejar la excusa de qué no tienes tiempo; debes entender que no estamos hablando aquí de hacerte más espacio para comprarte una camisa, SINO QUE PARA PUEDAS VIVIR MÁS Y MEJOR. Dime Ghordi, ¿en cuánto venderías tus testículos? ¿Por un millón de dólares cada uno? Apuesto a que no (bueno... uno nunca sabe) Pues bien, déjame decirte que hoy día estás REGALANDO algo que es mucho, pero mucho más valioso: el envase que da sustento y moldea a tu “yo”: tu cuerpo. Sencillamente lo está dejando ir. ¡Y gratis!. Por dejación. Probablemente le dedicas más tiempo a tu auto o tu computador que a cuidar este envase vital. Pero claro, sólo te bajó la preocupación cuando llegaron otros machos alfa a merodear el nido.
Quinto, sexto, séptimo y todo lo demás... sigue los consejos del médico. Eso te llevará, tarde o temprano, a volver a ir a un gimnasio. Ahí has de contratar a un personal trainer, ojalá al más caro que exista en el mercado y al cual le pagarás tres años por adelantado con el dinero que colocaste en la libreta de ahorro de tus hijas (sólo podrás reponerlo si cumples 95% de asistencia). Ándate haciéndote a la idea que en promedio, a partir de hoy y por todos los días de tu vida harás ejercicio día por medio. También contrata a un nutricionista y bota todos los alimentos con grasa. Aférrate a todas las artimañas que conozcas para resistir el hambre inicial (proceso que a veces dura años): platos más chicos, comida dietética, comer con la izquierda, contar las calorías, siempre terminar de comer último, la dieta del lagarto Juancho...
Y, finalmente, si es necesario, yo no descartaría cirugías, tanto en cuanto éstas formen parte del “combo” de medidas que te he descrito. Es evidente que tienes que resolver un problema en el corto plazo y si hay grasa localizada en tu abdomen no es mala idea hacerte una liposucción antes que el guía acometa su artero y cobarde golpe.
Sería todo.
A todo esto, ¿tu señora no necesita un guía para que la entrene?