Anticristo: Pecuniario Sinceramiento
La Columna del Anticristo
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Pecuniario Sinceramiento
Por el Anticristo (noviembre 2009)
Entremos en materia altiro con tres hechos a considerar.
Primero: el nivel deportivo nacional en Himalaya es un desastre. No somos ni por cerca los mejores ni en el mundo, ni en Latinoamérica; ni siquiera en el vecindario. Somos un dinosaurio, estando ya 20 o 30 años atrasados y, lo que es peor aún, no se ve por dónde vendrá el cambio puesto que no se aquilata lo malo que estamos.
Segundo hecho: la estructura deportiva nacional como un todo es una catástrofe y no aguanta más. Me refiero a Chiledeportes, el COCH, las Federaciones y las Asociaciones. Las personas que las componen pueden tener buenas intenciones, pero sus actos son irrelevantes dado lo obsoleto de los estatutos, leyes y procedimientos que tejen el entramado de lo que llamamos la política nacional deportiva. Una red equivocada que debe ser destruida completamente. Revolución; revolución; se busca a otro Fidel, Pinochet... o Andrés Zaldivar.
Tercer hecho: hay que adecuar las leyes nacionales para que surja de una vez por todas la figura del dirigente profesional pagado. Para así sacar a los incompetentes, los flojos, los ignorantes y los amateurs que, debido a su falta de preparación y desidia, se constituyen en el principal obstáculo para que el deporte nacional pueda salir del hoyo en que se encuentra.
Partimos suavecito.
Y Ahora Entramos en Materia...
Aunque dan alimento para polémica por sí solos, estos antecedentes no los quiero discutir ahora, si no tan sólo plantearlos para usarlos como telón de fondo del tema de hoy: cómo el no sincerar la evaluación económica de las expediciones a Himalaya se ha transformado en un impedimento para nuestro desarrollo deportivo.
Ninguno de los estamentos (deportistas, dirigentes o autoridades) han sido capaces de afrontar la verdad de los reales costos de un viaje a Himalaya. Y esto es que, más allá de lo que nos guste o no, hoy en día tomar a un chileno, sin pagarle el entrenamiento, un sueldo o permitirle lucro, y llevarlo a Himalaya en clase ejecutiva con paradas en Cochabamba, Manaos y Nairobi cuesta, en promedio, US$20.000 O si gustan, 11 millones de pesos. Cualquier otra cifra es un error, mentira o equivocación. Llámenlo cómo quieran, pero es así. Once millones de pesos.
Lo que derriba de inmediato el mito aquel que ha circulado por décadas diciendo que “Chile” ha sido capaz de hacer realidad expediciones a Himalaya con grupos de 6, 7 o más personas con cifras menores (por ejemplo, 8, 10 o 20 millones de pesos). Si lo que digo es cierto, que sale 20 palos verdes por cabeza, ¿cómo, en nombre de Dios, las distintas administraciones de las Federaciones de Andinismo han podido enviar a más personas de las que aparentemente se puede? ¿Cómo es que han hecho el milagro de duplicar los panes?
Simple. Han vivido de una gran mentira. Una en la cual, lamento agregar, los mismos deportistas se han hecho cómplices.
El Saldo a Cubrir
No se trata de una conspiración, sino más bien de un engaño colectivo producto de la forma cómo se dicen las cosas y cuyo eje está en pensar que ese aporte, el institucional, permite hacer el viaje viable, luego de lo cual los deportistas sólo tienen que abocarse a los “detallitos”. Un par de radios por aquí, un par de condones por acá y estamos. Tenemos listo ya a 6 expedicionarios para que se saquen fotos con esos lindos polar azules; bien peinados y con más parches que la Alameda.
La realidad es distinta. Ese dinero no hace más que colocar un punto de partida; el equivalente al pie del crédito. Por lo cual el grupo expedicionario deberá trabajar a marchas forzadas para conseguir el saldo, monto que típicamente no se cubre con aportes o canjes (como un bono para sacar tallarines en el Líder). Necesitan dinero, dinero, dinero. Cualquier otra cosa es una pérdida de tiempo.
Saquen ustedes mismos las cuentas. Si un grupo está constituido por 7 personas, se requerirán sí o sí 77 millones de pesos. Y si Chiledeportes da, ¿cuánto?... Tiremos al aire una cifra que está de moda: 25 millones de pesos. Díganme ustedes entonces, ¿cómo diablos (por no decir otra cosa), se consiguen los 52 millones restantes?
Por supuesto, al principio, todo parece flor de lindo, puesto que en el papel las posibilidades de obtener recursos, dado que la comunidad quiere ayudarlos, parece promisoria. Reuniones saturadas de frases como “conozco al hijo de la señora del chofer de Farkas” o “estoy seguro que si hablo con el jardinero de Piñera me consigo los pasajes gratis”.
Sí, claro. Pero lo único concreto, es que el tiempo comienza a pasar y, por más esfuerzos realizados, ni el chofer de Farkas o el jardinero de Piñera ayudan. Lo que obliga a los “deportistas” a dejar de entrenar en conciencia porque tienen que dedicarle más tiempo a buscar los recursos económicos faltantes.
Hasta que llega el día fatal, aquel momento en que se debe pagar un monto cuantioso (típicamente el permiso de escalada o los pasajes aéreos) y la realidad estalla en la cara de todos.
El dinero no alcanza.
El Propio y Largo Camino
Llegado a este punto algunos grupos optan por empezar a incluir “invitados” (eufemismo para decir “te llevamos sólo porque tienes dinero”); otros optan por darle a la expedición el cariz de un servicio de guías (eufemismo de igual calaña: “te llevamos sólo porque tienes dinero”). Pero históricamente lo más frecuente ha sido que los expedicionarios decidan continuar con el camino propio. Esto es: poner de su bolsillo lo que falte.
Que un deportista ponga su propio dinero en juego no es algo necesariamente malo. Incluso puede ser visto como un nuevo gesto de compromiso, toda vez que éstos estarán motivados para rendir al máximo. Pero, conceder este aspecto positivo, no impide vislumbrar que a la larga es una falencia estructural, la cual ha terminado por convertirse en un camino sin salida para el desarrollo deportivo del himalayismo nacional. La razón es simple: ha impedido la profesionalización, necesaria hoy en día para ser competitivos con el resto del mundo. Los escaladores al terminar un ciclo quedan tan económicamente comprometidos que no pueden zafarse de las subsecuentes obligaciones por varios años. Mientras que en igual período de tiempo, sus “competidores”, por ejemplo los argentinos o ecuatorianos, van una y otra vez a Himalaya y hacen y deshacen a gusto.
Situación que además se agrava por otro fenómeno ingrato que está causando que casi ningún montañista profesional chileno esté yendo a Himalaya. ¿Por qué? Pues fácil, por el corte económico. Y si no me creen, vean lo que le ocurre a esta hipotética expedición de la que estábamos hablando cuando le llega el momento de decidir qué hacer con el poco dinero que se ha reunido.
Meeting-Quiting
Típicamente se hace una reunión y en ella el líder de la expedición dice que, considerando que ya hay que pagar esto y aquello, que sólo quedan algunas semanas antes de partir y que no es realista pensar que llegarán auspicios, la única solución que va quedando es que cada integrante coloque X millones de pesos (donde X, dependiendo de que tan brillantes hayan sido las gestiones, puede ir de 2 a 8 millones).
Tirada la bomba ahí, al medio del living-comedor justo al lado de las papas fritas, las aceitunas y los manís, surge inmediata y tajante la diferencia entre los montañistas profesionales y los amateurs.
Aquel, el “profesional”, es el tipo que, ya sea por tonta valentía o bendita ignorancia, está dedicando su vida al montañismo. Es decir, ha dejado de lado todo lo demás y hace cualquier cosa para seguir rodando o sobreviviendo en ese círculo. Es guía, instructor, deportista y ofrece servicios sexuales de altura. Esta persona, que yo llamo “profesional” no porque reciba necesariamente un sueldo por “escalar”, sino porque tiene dedicación absoluta, es alguien que evidentemente tiene mayor experiencia, mejor rendimiento y, ya dejémonos de rodeos, normalmente mucho mejor montañista que los demás.
El problema para el profesional es que, dado el carácter marginal de la actividad, tal individuo jamás podrá sacar del bolsillo, así como si nada, esos X millones de pesos y decir “I am in”. No, lo que hará será decir “I am in problems”, luego de lo cual se parará del sillón, no sin antes tomar una última aceituna, y se dirigirá a la puerta de salida diciendo que muchas gracias, que agradece la invitación pero que no está en condiciones de aportar pecuniariamente al proyecto.
Lo cual, dicho sea de paso, explica porqué los mejores montañistas chilenos de los últimos tiempo NO están yendo a Himalaya. Sencillamente no son invitados a ir porque sufren de una censura previa. ¿Para qué llamarlos a participar si todos saben que no tienen ni un peso para ir?
Los Que Se Quedan
En cambio, los “amateurs” están en una posición diferente. Son personas que tienen un trabajo regular, empresarios o comerciantes de buen pasar o bien profesionales como arquitectos, ingenieros o abogados. Gente con recursos y capacidad de endeudamiento responsable; es decir, con fuerza de pago infinita. No necesariamente contradictoria situación con su capacidad deportiva (de hecho, algunos “amateurs” son mejores que muchos “profesionales”), pero sí con una tendencia a un menor compromiso deportivo.
Y por eso es que estas personas, no bien el profesional ha cerrado la puerta del departamento donde se estaba haciendo la reunión, que saca la billetera, pregunta si quieren un cheque con fecha de hoy o mañana y lo firma, dando así forma a una expedición cuya estructura, proyección y mérito va a distar bastante de lo que, en teoría, iba a ser.
No tiene nada de malo que una persona tenga el dinero para hacer lo que estime pertinente. Y si 6 personas poseen los recursos propios para financiar un viaje, pues que lo hagan. Y sus resultados serán evaluados deportivamente en su propio mérito, con justicia, independientemente de sus ingresos económicos.
Lo que es cuestionable, y aquí está el gran punto a debatir, es si en los tiempos actuales se justifica que la institucionalidad deportiva nacional “invierta” recursos en personas que sólo están de paso por la actividad. Gente que podría haber rendido con excelencia si se hubiera dedicado de lleno a ella, pero que optó por hacer otra cosa en la vida.
Porque, dicho de nuevo, en promedio, los montañistas amateurs nunca podrán rendir lo que un profesional puede llegar a dar y, si queremos salir del estancamiento deportivo en el que nos encontramos, no lo vamos a hacer dando un par de milloncitos a un ingeniero y un médico, los cuales, después de ir a Himalaya, se irán al estado de Minnesotta a planificar dónde van a hacer su doctorado.
Ayer Quizás, Hoy No
Talvez décadas atrás esta situación era entendible porque el país necesitaba agarrarse de cualquier cosa para mostrar algo de desarrollo deportivo. Y si eso significaba darle dinero a cualquier tipo que llegara a pasar cerca de, qué se yo, Afganistán, pues, había que hacerlo no más.
Pero los tiempos han cambiado y la profesionalización deportiva en todo orden altera un tanto la mirada con que se ha de ver las cosas.
Dentro de ellas, ahora es un imperativo que el dinero proveniente de la institucionalidad deportiva para proyectos emblemáticos, como el de subir montañas por sobre los 8.000 metros, debe llegar lo más directamente posible a quienes se supone pueden acometerlo mejor para nuestros fines en el largo plazo. Y eso significa, dicho en castellano, dejar afuera, casi de partida, a extranjeros, invitados y deportistas aficionados que sólo están ahí, donde las papas himaláyicas queman, por el dinero que tienen. No por su capacidad deportiva.
Si no, seguiremos igual. Igual de mal.