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No Cortar
Por el Anticristo (agosto 2007)
Motivado a contestarle en propiedad a don Pedro
Gerardo Gorgojo, médico cirujano de profesión, me
aboqué a investigar acerca de esos profundos misterios que
el apéndice guarda para con nosotros. Teniendo presente que
el objetivo último es saber si es buena idea (o no) que un
montañista de verdad (o no) haya de sacárselo (o no).
Con un poco de esfuerzo entrevisté gente y obtuve interesantes
opiniones, las cuales, simplificando mucho, bien podrían
ser representativas de tres tipos de visiones: la científica,
la del mundo oficial y una tercera que se deriva de la experiencia.
De dos de ellas podía deducirse una cierta recomendación
para no cortárselo, situación que, estoy de acuerdo,
distaba mucho de ser objetiva dado que no hacía más
que reforzar esa tonta y preconcebida idea mía de que sacárselo
era una tontera.
Ahora, un mastique final para terminar de comerse el pastel.
Probabilidad de Ocurrencia
Para comenzar me gustaría colocar un poco de estrés
a los datos entregados por el Dr. Rada.
Buscando en Internet (y sabiendo de antemano
que la calidad de la información que ahí se encuentra
es heterogénea), aprendí que en EE.UU. entre 1979
y 1984 se produjeron 250.000 casos de apendicitis. Algo así
como una media de 42.000 por año. Y si sabemos que su población
fue en dicho período de aproximadamente 226 millones, eso
da una proporción de algo así como un caso por cada
5.000 personas (The Epidemiology of Appendicitis and Appendectomy
in the United States, Addiss et al, Centers for Disease Control).
Si consideran que la realidad de dicha nación es un poco
extraña a la nuestra, bueno, no hay problema, veamos lo que
ocurre en Chile. Según el Departamento de Estadísticas
e Información del Ministerio de Salud, en el año 2001
hubo 40.000 egresos por patología apendicular. Y si por esos
días nuestra población fue de, digamos, 15 millones
de compatriotas, entonces tendríamos aprox. un caso entre
400... ¡12 veces más que lo que ocurría en EE.UU.
20 años antes!
A pesar que mi perversa naturaleza me tienta a decir que esto es
porque los divinizados médicos chilenos (uy) tenderían
a extirpar cualquier cosa que tenga forma de tubo, es obvio que
hay otros factores que lo podrían explicar mejor (por ejemplo,
el grado de acceso a un sistema de salud de calidad, o variables
alimenticias). Además que estas cifras son puntuales, no
marcan tendencias y están llenas de desinformación
(incluso, para la misma fuente, circulan datos distintos).
Números, números, números. Lo concreto es que
el rango que establecen estos datos (desde 1 en 5.000 hasta 1 en
400) hacen pensar que las cifras entregadas por el Dr. Rada (1 en
1.000, 1 en 2.000) no son para nada descabelladas.
¡Apendicitis! ¿Apendicitis?
Pongamos presión ahora sobre otro aspecto importante: la
proporción de casos mal diagnosticados. El Dr. Apps llega
y señala bien suelto de cuerpo que perfectamente podrían
rondar el 50%. Pero, ¿hay estudios circulando por ahí
que lo puedan respaldar? ¿O rebatir?
Sí, claro que sí. Varios. Muchos.
Por ejemplo, una investigación realizada en el Instituto
de Anatomía Patológica del Hospital Clínico
de la Universidad de Chile. Con una muestra de 416 pacientes adultos
operados entre el 1 de junio del 2000 y el 31 de mayo del 2001,
sólo un 4% de ellos (17 casos) mostraron lo que ellos llaman
casos histopatológico negativo (o sea, la
cagamos), una cifra muy alejada de la propuesta de 50% señalada
por Apps. Pero en el mismo estudio se hace hincapié que el
resultado obtenido es muy bajo si se le compara con las referencias
utilizadas (las cuales mostraban cifras que iban desde 7,1% al 37,4%).
Las razones de tal discrepancia podrían deberse a que en
esta investigación los pacientes contaron con un buen soporte
de exámenes y un mejor estudio clínico (algo que precisamente
NO es la norma). Otro dato curioso: se señala (aunque sin
decir la fuente), que la apendicitis aguda ocurre en aproximadamente
el 10% de la población occidental. Es decir, ¡1 en
10!
Centrémonos en otro documento: Apendicectomía
en blanco. Análisis de 106 casos (Felmer et al),
un estudio retrospectivo de 677 pacientes operados en el Hospital
Clínico Regional de Valdivia, entre enero y diciembre de
2004. Ellos encontraron 106 fallas, o sea el 15,7%, todavía
alejado del 50% del Dr. Apps, pero cuatro veces más que los
resultados de la investigación mencionada en el párrafo
anterior. Aquí, además, se vuelve a insistir que es
una patología recurrente (¡1 en 7!), que los exámenes
por sí solos no bastan (se requiere criterio médico),
que la apendicectomía en blanco constituye una intervención
quirúrgica innecesaria (no exenta de complicaciones) y que,
por lo tanto, se debe abandonar esa vieja postura médica
de más vale operar un apéndice de más,
que....
Números, números, números. A mí, más
que interesarme en determinar el porcentaje exacto de error que
se da hoy día en el mundo (¿4?, ¿16?, ¿37?,
¿50?), me preocupa la varianza que muestran estas cifras,
intranquilidad que puede ejemplificarse muy bien de la siguiente
forma: si estás entrando de urgencia a un quirófano
con un diagnóstico de apendicitis... hay una muy, pero muy
buena chance que tengas otra cosa.
Los Apendicemos
No seré medico y esta columna no puede,
y no pretende, convertirse en un estudio científico. Pero
si de algo yo sé bien, es acerca de montañismo. Y,
motivado por mi falta de argumentos para discutirle a Gorgojo, me
di el trabajo de revisar la historia de nuestra disciplina en Chile,
descubriendo que nunca, pero nunca jamás, ha fallecido un
montañista en actos de servicio por una apendicitis.
Claro que se han reportado casos, pero al final los apendicemos
(palabra mía) de una u otra manera se las arreglaron para
sobrevivir.
Nuestra comunidad ha repetido sin cesar historias de viejos estandartes
que fallecieron de apendicitis, pero en realidad tales cuentos nunca
pudieron ser confirmados de verdad. O derechamente son referencias
erróneas. De muestra dos botones: el ejemplo de Juan Olmos
en 1952 en el Aconcagua (que fue un caso de uremia), y Ricardo Vivanco
en 1955 en el Casa de Piedra (úlcera perforada, diagnóstico
oficial entregado por el Instituto Médico Legal).
Ojo que estoy consciente que hay que tomar esta
insolente aseveración mía con pinzas. Porque no sería
raro que probablemente sí hayan habido casos y yo
no los tenga en mis registros. Tampoco sabemos cuántos montañistas
realizan la actividad ya sin tener apéndice (así,
ni modo que les de apendicitis). Menos aún se puede calcular
cuántos días de montaña por andinista históricamente
se han producido en Chile (por lo tanto no se puede determinar el
universo estadístico). Y también es cierto, y aquí
no hay que pecar de falsa modestia, que nuestro hipotético
grupo de estudio (los montañistas), no son muy representativos
de la sociedad, dado que (se supone) tienden a tener mejor salud.
Acepto todas las limitantes anteriores. Pero aún así,
ustedes han de reconocer que no tener ni un solo caso, ¡ni
uno!, es muy raro.
Cabos Sueltos
Eso no es todo. Durante estas investigaciones, surgió otro
tema de difícil comprobación que me fue mencionado
en varias oportunidades por fuentes diferentes. Si me atrevo a mencionarlo
ahora, no es necesariamente porque yo crea que sea verdad, sino
porque demuestra muy bien lo fácil que se podría distorsionar
la real ocurrencia de esta patología por factores que normalmente
no deberían tener relación alguna.
Me refiero a los incentivos que existen en los sistemas de salud
para ascender a sus médicos. Si no están hechos inteligentemente,
operar el apéndice es una manera rápida de ganar horas
de vuelo y, con ello, estar en mejor posición para
ser promovido.
Como una vez más en la vida, no se trata que estos profesionales
sean buenas o malas personas, sino que la pura existencia de estímulos
mal enfocados, generan una tendencia natural entre quienes están
más expuestos o necesitados (normalmente los recién
egresados). Lo anterior más encima ayudado gracias a la hasta
hoy aparente decidía médica por llegar y operar apenas
se pueda, lo que permite que los procedimientos innecesarios pasen
desapercibidas.
No me sorprendería que fuese verdad.
Cabos Amarrados
Es hora de ir recapitulando. Creo que más o menos he entregado
antecedentes suficientes como para que ustedes puedan seguir investigando
por su cuenta o bien saquen sus conclusiones. Yo, por mi parte,
creo que ya tengo varias cosas bien claras.
Lo primero es que no se puede llegar y aplicar al sub-grupo montañistas
los resultados de los estudios realizados a la población
general. Eso lo doy por firmado, dado que no puede ser casualidad
tanta ausencia histórica de apendicemos entre nuestros colegas.
Ahora, si eso es por mejor condición física, diferente
alimentación o mayor exposición a los rayos tetradimensionales...
vaya uno a saber. Pero que los resultados no son homologables, no
lo son.
Segundo, que se tiende a exagerar la ocurrencia de la apendicitis
en la sociedad como un todo, mala costumbre en la que a veces los
mismos médicos caen. Estoy pensando precisamente en lo afirmado
que la apendicitis ocurriría en 1 de cada 10 personas, o
1 en cada 7, proporciones que, no sólo entran en contradicción
con el rango que la evidencia empírica plantea (1 en 500,
1 en 5.000), sino que van derechamente en contra del sentido común.
Piensen un poco. Si fuera verdad, cada 8 o 9 personas que conocieran
habría uno que ya no tendría el apéndice. Pero
eso no es así (en mi caso llegué a hacer una lista
con 40 familiares y amigos cuando recién saltó un
apéndice-less). Ustedes mismos hagan el ejercicio. Estoy
seguro que cualquier tasa encontrada será mayor a esta de
1 en 7.
Una tercera conclusión es que en los tiempos que vivimos,
se sea o no un montañista, es súper difícil
estar realmente aislado. Ya no es como antes que hasta una simple
escalada al Aconcagua o al Llullaillaco dejaba a sus expedicionarios
en una especie de limbo espacio-temporal, lejos de cualquier ayuda
que el mundo pudiera ofrecer. Hoy en día, y si bien es cierto
que aún hay sitios cuyo acceso y retirada podrían
tomar semanas, las mejoras en las comunicaciones y el transporte
evidentemente han alterado las consideraciones de lo que verdaderamente
entendemos por la palabra remoto. Por eso es que gran
parte de nosotros, pasamos gran parte del tiempo, cerca
de ayuda. Eso explica porque quienes han desarrollado
síntomas que se asociaron a una apendicitis y estaban en
una actividad al aire libre, de una u otra manera al final se las
arreglaron para recibir asistencia, y sobrevivir.
¿Y si somos parte de los privilegiado del montañismo
y estamos yendo a lugares objetivamente remoto? ¿Como
Antártica, Groenlandia o Plutón? ¿Entonces
ahí sí que habría que operarse?
Bueno... Depende.
¿De qué? De los números.
Porque ahí ya no nos queda otra que basar nuestra decisión
en las probabilidades. Si no te lo sacas, podría darte un
ataque al apéndice justo en la mitad de la travesía
al Polo Sur. Pero, por otro lado, si decides sacártelo, podrías
morirte apenas recostado en la camilla del mejor hospital del mundo
debido a una mala reacción a la anestesia. Podrías
ser como Ayleen Tamara, una niña de 10 años hija de
un matrimonio de Villa Las Estrellas, que tuvo un cuadro de apendicitis
en abril de 1997 y que fue evacuada por un Hércules que se
encontraba en la pista en esos instantes (la obligación de
la Fuerza Aérea de sacarse el apéndice sólo
se aplica, o aplicaba, a los adultos). Pero también te podría
ocurrir lo que le pasó a Guillermo Torrealba, en aquel entonces
estudiante de cuarto medio del Liceo Teresa de Los Andes de Algarrobo,
que sufrió daño cerebral irreversible, en mayo del
2004, cuando fue sometido a una cirugía para tratarse una
aparente apendicitis.
Números, números, números. En este punto, no
te quedará otra que confiar tu vida en los números.
Y, visto así, yo prefiero adscribirme a la tajante opinión
del Dr. Rada: no existen resultados de estudios representativos
que demuestren que sea necesario sacarse el apéndice si se
está en una situación de aislamiento geográfico
prolongado.
La Venganza se Sirve Fría
Como dice Paulsen, suma para la raya.
En base a todo lo discutido, he decidido no sacarme el apéndice.
Pero, a diferencia de antes, esta vez tal resolución es fruto
de un análisis informado. Puede que aún esté
equivocado, pero al menos esta vez hay una supuesta lógica
involucrada. Y si hay lógica, entonces también hay
argumentos.
Lo que me cae como anillo al dedo, porque esta noche tenemos una
recepción a la cual estoy invitado, a la cual, milagros de
los milagros, el Dr. Pedro Gerardo Gorgojo también está
obligado a asistir.
Lo tengo todo planeado. Me llevo en un torpedo las cifras discutidas
y algunas frases pre-diseñadas, pero creo que será
innecesario, porque me las sé de memoria. Me apareceré
súbitamente y, apenas termine de darle la mano, le voy a
soltar así como que no quiere la cosa: ¿sabías
tú que la mortalidad derivada de la apendicitis es menor
a la probabilidad estadística de fallecer en el procedimiento?.
Y antes que alcance a decir soy comunista agregaré:
Te ves más gordito. ¿Subiste de peso?.
Toma.
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