Anticristo: Pues Nada Importa
La Columna del Anticristo
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Pues Nada Importa
Por el Anticristo (noviembre 2010)
No es inteligente negarse a hablar del suicidio y tampoco que es una de las causas por las cuales ciertas personas fallecen en los ambientes de montaña. Sí, es trágico y duele tocar el tema, mas existe; ergo, debe enfrentarse.
Y por eso ahora quisiera elaborar un poco más lo que dije antes y advertir algo que pronto salta a la vista: no todos los casos son iguales. Jodan-Bressler, por ejemplo, hizo lo que cierta caricatura manda: tras la desgracia de existencia que estaba teniendo, y acostumbrado a asumir el control de su vida, prefirió terminar antes que enfrentar el fracaso.
Pero en montaña hay otro tipo de suicidio. Uno de diferente laya pero igual de triste: la de aquellos que buscan morir sin ni siquiera saberlo.
¿Bendita Ignorancia?
Son personas a las que todo les aburre. Que se mueven de una cosa a otra buscando algo que los prenda de nuevo y les permita re-encantarse. Pero como no lo logran, empiezan a enredarse en un cocktail de apatía, desilusión y abatimiento. Y de ahí frustración, pena y cansancio. Luego depresión.
Personas con cierto grado de éxito en sus vidas que desean volver a vivir maravillosos tiempos pasados. Pero no por echar de menos esa mundana farándula que conllevaba esos triunfos, sino porque en aquellos momentos vivían la vida a plenitud, tal como siempre habían querido.
Lamentablemente, volver a tales instantes es imposible, en parte por la edad, pues el cuerpo ya no les responde cómo quisieran, pero también porque para ellos el sólo pensar en repetir un ciclo conocido les da arcadas.
Por eso es que les cuesta cada vez más entrenar. O hacer expediciones. Los fines de semana que se les presentan libres ya no son vistos como oportunidades, sino que con la mente vacía, pues no saben qué hacer con él. ¿Ir a escalar a la palestra? ¿Otra vez? ¿Para qué? ¿Para darse cuenta que siguen cuesta abajo y que ahora son otros los que cabalgan la ola? ¿O para recibir una nueva medallita, tan linda como inútil, pues nada aporta ni nada calma ese fuego que los sigue consumiendo?
Han conocido esas cimas, privadas o públicas, y con ellas el éxtasis de una gloria que se les antojó como Paraíso. Por lo tanto, de regreso a la Tierra, se dan cuenta que nunca más volverán a él. Que jamás, hasta el fin de los tiempos, podrán retornar.
Y entonces discreparán absolutamente de lo que Alfred Tennynson instauró universalmente. ¿Es realmente mejor haber amado y perdido, que nunca haber amado del todo?
Remedios Insuficientes
Para salir del hoyo en el que están metidos, buscan desesperados por inspiración.
Quieren ser parte de algo que los haga diferente, que los llene de orgullo, que les de un nuevo significado a su existencia. Quieren estar en medio de una lucha que los defina. Buscan, en la literatura, en los diarios, en la televisión, en el trabajo, algo, cualquier cosa, no saben qué, que los inspire... Pero lo único que llega a sus manos, día tras día, es el completo disgusto de una vida plana.
Las soluciones estándares no se aplican. Pensar o sugerir, por ejemplo, en tener hijos y que los nuevos lazos creados saciarán esa sed, es solución sólo para quienes experimentan directamente el proceso biológico; es decir, las mujeres. Los varones, en cambio, están impedidos de ni siquiera entender un 1% de lo que significa parir. Hecho que explica también porque esta condición suicida de abatimiento total se aplica casi exclusivamente a los varones.
Otros buscan remedio en el trabajo, pero tal pasión no dura mucho ya que los beneficios pecuniarios o de rango social no son de la laya que estas personas buscan. Y las relaciones afectivas, a menos que sean extraordinariamente bien compenetradas (que estadísticamente son la excepción), tampoco les da trascendencia, pues la convivencia con una pareja habitualmente se llena de tanta mundana tontera que, al final, sencillamente se transforma en parte del problema, no de la solución. Dicho poco elegantemente, poca alegría puede recibir una persona que está cercana a cortarse las venas, que su guatona esposa llena de celulitis se tire dos pedos mientras le grita destempladamente que prepare el desayuno.
En tal situación, quiérase o no, este desosiego tiene el potencial de expresarse en el suicidio, pero, a diferencia de Jodan-Bressler que fue “valiente” en tomar le decisión final y dar cuenta de ello a quienes le rodeaban, el caso que analizo hoy no es capaz de admitir que debería suicidarse. Sencillamente se niega a considerarlo. Puede eventualmente llegar a conversarlo, e incluso debatirlo para consigo mismo, pero sabiendo de antemano que nunca lo hará. Qué jamás levantará ese primitivo tapón de protección que la evolución de nuestra especie nos ha dado.
Entonces, como no da cabida a la solución que podría terminar con su sufrimiento, aunque en el fondo la quiere, busca algo que le haga el favor e inicia un proceso que desemboca en la más peligrosa de las actitudes que un alpinista puede llegar a tener: suprimir el miedo a morir.
Favor Concedido
Sabemos que el miedo es indispensable para lo montañistas pues su demoledora presencia es la clave para sobrevivir. Sin él, tarde o temprano (más de éste que aquel), moriremos. Entonces, al anular su presencia, nuestro deprimido escalador no hace más que iniciar su último viaje.
Se inicia imperceptiblemente. Como ya está tan involucrado en la práctica de la disciplina que le dio vida, a pesar de estar desmotivado y deprimido, continuará estando en contacto con acciones de riesgo alto. Pero ahora, a diferencia de antes, lo hace con poco respeto por las consecuencias. No es que se ponga descuidado o que, de tanto repetir las procedimientos, se relaje. Y tampoco me refiero a aquellos que dicen “si nada va a pasar” (que al final también mueren, pero por imbéciles) sino a los que dirían, si pudieran, “no me importa que pase”.
Proceso que los hace escalar realizando las mismas maniobras de siempre, pero de forma decidida, sin temor. Y rápido. Cada vez más rápido.
Pues su vida se transforma en un acelerado ir y venir. Andan en bicicleta temerariamente, pasando autos por doble o tercera fila. Llevando audífonos en sus oídos, a gran volumen, para evadirse, para recordar otros lugares, otros tiempos. Buscando alivio a la opresión que sienten en el pecho. Si así actúan en una bicicleta, ni hablar de lo que hacen en una moto. Y en auto conducen a casa también rápido, porque algo les dice que ahí, en su ausencia, talvez ha aparecido la respuesta que calme su dolor.
Pero cuando llegan se dan cuenta que nada ha cambiado. Que tampoco había razón para apurarse. Pues todas las noches siguen siendo iguales, con los mismos ritos de siempre. Las mismas caras y las mismas mentiras.
Curiosamente esta nueva libertad, la de no estar atado por el miedo, al principio los hace escalar mejor. E ir más lejos y más rápido. Lo cual puede momentáneamente atraer nueva fama y un éxito que a veces llega a camuflar los problemas. Pero sólo dura un tiempo; el alma está demasiado vacía ya para poder ser llenada por tal corto veranito de San Juan.
Hasta que, de tanto estirarlo, el elástico se rompe.
Adonde Estarán
Al pie de un espolón, en una pendiente nevada o bajando por una ruta normal. Sucederá causando impacto en nosotros, pues nos parecerá inexplicable que una persona de tanta experiencia, un sobreviviente de tantas batallas, fuese a morir así, cometiendo un error tan tonto. No pararemos de preguntarnos ¿Pero Cómo?
Entonces llegarán los expertos y nos hablarán de los 33 errores cometidos y los famosos de siempre saldrán en la televisión recomendando lo importante que es seguir las 22 reglas de oro y que no hay mejor montañista que el vivo y que la verdadera foto de cumbre se saca al regresar a casa. Opiniones que darán mientras se arreglan la camisa, mostrando lo satisfechos que están de sí mismos, hinchados y contentos de estar en la ribera de los vencedores.
Pero nadie hablará de la mundana mediocridad nuestra. De lo insoportable que puede llegar a ser la vida. De lo triste que estaban. Del sufrimiento que era para ellos caminar por las calles, buscando inútilmente entre la multitud esos otros rostros que les fueron importantes. De cómo lloraban en silencio día tras día, gritando por ayuda a un Dios que jamás se dignó acogerlos.
Por supuesto, tampoco nadie dirá que murieron porque ya nada les importaba.