|
Diálogo de Sordos
Por el Anticristo (septiembre 2004)
El viento reinaba en
aquella lejana noche de sol.
Pero no nos afectaba. Protegidos en un cálido refugio,
nosotros esperábamos por el aún lejano transporte que nos llevaría
de regreso. Obligados a no hacer nada, excepto esperar, inevitable
fue que empezáramos a conversar, en un nuevo intento por arreglar
el mundo. Tranquilamente. Tan sólo té, tortas y tertulia.
Como ocurre bien habitualmente, alguien terminó
dominando la conversación. En este caso un ex-piloto de Carabineros
de Chile (a quien llamaremos Pilotonic) quien manejaba los tiempos
y los hilos de los temas. Nos hablaba de su vida, la fascinación
que desde pequeño le causaban los helicópteros, el encanto de trabajar
en lo que le gustaba y las increíbles cosas que había presenciado.
Yo, odioso de la humanidad como siempre,
permanecía en silencio sin escuchar. Más me preocupaba un viejo periódico
chileno, que hojeaba con pánico al darme cuenta que las curvilíneas figuras que
observaba eran de jóvenes que ya podían ser mis hijas.
En eso, Pilotonic empezó a relatar historias de
rescates de excursionistas, montañistas y escaladores, todos camaradas
míos. Vaya, vaya, vaya, me dije, esto parece ser interesante
y, sin cerrar el suplemento de dañina piel poca, comencé
a prestar atención.
El Mundo de los Por Qué
Los casos relatados por Pilotonic daban para todos
los gustos: búsquedas, evacuaciones y maniobras de películas,
pero también heridos, muertos y carnicería.
Al principio escuché con deleite, pero empecé
a fastidiarme cuando, en vez de centrarse en las historias, se enfocó en el
enojo que estas desgracias le provocaban. Sin ningún esfuerzo por ocultar una
especie de desprecio, relató cómo la indignación le inundaba cada vez que veía
a estos “jóvenes” desperdiciar sus vidas.
Yo tranquilamente esperé a que terminara, y
cuando se produjo una pausa, con la cara más inocente de la cual soy capaz de
producir (la de un niño sorprendido a poto pelao), le interpelé:
- ¿Y por qué te enojas?
Preguntar por la influencia cuántica en la geometría
de Riemann no habría producido tanto impacto en su edificio lógico.
¿Cómo alguien podía no ver lo obvio? ¿Acaso no está claro la irresponsabilidad,
la locura, el absurdo?
El silencio que se produjo sólo hizo más
patente el desconcierto de Pilotonic. Pero, pasado un instante, reaccionó con
vehemencia:
- ¿Qué por qué me enojo? ¡Pero hombre! ¿Cómo
no me voy a enojar? Si cada vez que tengo que ir a buscarlos desperdicio
los pocos recursos que tiene la institución, además que pongo mi
vida en peligro. En lugar de estar sacando a esos tarados que no
piensan en las consecuencias de sus actos, podríamos estar ayudando
a gente que realmente está en problemas.
- Estás muy equivocado –le contesté.
- ¿Por qué?
- Porque no aplicas la misma regla a todos.
- ¿Cómo que no?
- Claro. No te enojas así cuando, por ejemplo tienes que ir
en ayuda de las víctimas de un accidente de tránsito en la carretera.
- No poh. Claro que no, pero es porque no es lo
mismo.
- ¿Por qué no?
- Porque... -y agregó tras otro instante de
desconcierto- no andan arriesgando su vida inútilmente.
- Eso es lo que tú crees.
- Porque hay que ser muy tonto para andar
metido en los cerros.
- Que no conozcas algo, eso no lo hace una tontera.
Hasta ese momento la conversación había pasado desapercibida
para los otros tres contertulios, adormecidos por la letanía de
Pilotonic. Pero el último intercambio generó ese tipo de expectación
que el público tiene cuando huele sangre. Yo, lo reconozco, me encontraba
en mi salsa. Pilotonic siguió:
- Mira. No tengo ninguna crítica hacia los
andinistas que lo practican como tú. Así, profesionalmente (!). El problema son
los que lo hacen con descuido.
- Tú no haces esa distinción cuando llegas a cualquier
otro rescate.
- Es que...
- Y olvidas que nadie busca un accidente, porque
un accidente es precisamente eso, un evento inesperado, por lo que
es injusto que prejuzgues sin saber. Y, además, eres inconsecuente.
Chile pierde más dinero, ¡millones de dólares al año!, por la irresponsabilidad
de sus conductores. Sin embargo, cuando vas a buscar a esos choferes
que ni se pueden parar de lo borracho que están, todavía vomitando
entre los fierros retorcidos con los cuales acaban de matar a alguien,
lo haces con profesionalismo.
- Yo no cr...
- No me interrumpas, porque debo además advertirte
que no importa cuanto te preocupes o cuanto dinero se use, los accidentes
van a seguir ocurriendo. Es un asunto de recurrencia estadística.
- ...
- Por último, amigo mío, un consejo.
Es buena idea no ser tan tajante en la vida, porque así el costalazo
duele menos cuando te demuestran lo equivocado que estás.
Y sin agregar algo más, me volví a mi suplemento
de piel canela.
Números, Quiero Números
Un par de días después regresamos a casa.
Nadie quedó herido y todos fuimos reyes. Sólo fueron enojos de marraqueta y
mantequilla.
Pero la conversación me siguió dando vueltas.
Aparte de la evidente molestia que me produjo esa actitud media despectiva en
contra de quienes sufren accidentes, me obligó a meditar acerca de tópicos en
los cuales, hasta entonces, no había prestado suficiente atención, y que ahora
adquieren relevancia dada la llegada de proyectos de ley que desean establecer
un marco regulatorio.
El primer concepto, y que subyace en el altercado
con Pilotonic, es la carencia de estadísticas formales que permitan
cuantificar la actividad del montañismo en Chile, condición imprescindible
para hacer críticas sólidas, establecer comparaciones válidas (como
por ejemplo, con los accidentes automovilísticos) y tomar medidas
pertinentes.
Respuestas claras y precisas a preguntas como
éstas: ¿cuántas personas lo practican?, ¿con qué frecuencia?, ¿quiénes son?,
¿en qué área del país?, ¿qué nivel de instrucción poseen?, ¿cuál es su edad?,
¿dónde lo practican?, ¿cuántos extranjeros vienen a escalar?, ¿cuántos de ellos
lo hacen en expediciones comerciales?, ¿cuántos no?, ¿cuántos accidentes
ocurren?, ¿cuántos son por negligencia?, ¿cuántos de ellos finalizaron con
muertes?, ¿cuántas personas se vieron involucradas?, ¿quién los rescató?,
¿cuánto costó?, ¿quién lo pagó?
¡Números! ¡Quiero números!
Toda vez que, indirectamente, tal esfuerzo tendría
una externalidad positiva, pues, llegado el momento de determinar
metodologías y establecer definiciones, surgirían cuestionamientos
que permitirían ir rayando la cancha. Por ejemplo: ¿qué actividades
deberían ser catalogadas como montañismo? ¿Dónde empieza una actividad
de montaña?, ¿A una cierta altitud? ¿O es que en realidad nos queremos
referir a ambientes salvajes? ¿Deben incluirse extranjeros? ¿Qué
ocurre con los escaladores chilenos fallecidos en otros países?
¿Qué pasa con el área de Fitz Roy? ¿Antártica ha de ser considerada?
¿Qué hay de las actividades militares? ¿Deberían ellos también
estar obligados a entregar los antecedentes cuando ocurra una desgracia?
¿Y qué hay de los que trabajan en ambientes de altura? ¿Qué es un
rescate? ¿Cómo se define un accidente? ¿Ha de incluirse la escalada
deportiva? ¿Qué se entiende por una expedición comercial? Etc.,
etc., etc.
Sin la existencia de estos datos, es inmoral
establecer restricciones. Es decir, ¿cómo se pueden dar por verdaderas
aseveraciones tajantes (como, por ejemplo, que en Chile la tasa de accidentes
es alta) si no podemos calcular cuál es el índice de fallo por actividad
realizada? ¿O por número de practicantes? ¿Cómo podemos tratar de atacar los
problemas desde ciertas aristas, si no sabemos si la mesa tiene aristas? ¿Por
qué se ha de cargar la mano a una actividad cuya real trascendencia e impacto
no es conocida?
La generación de estadísticas es una condición necesaria
para generar un marco regulatorio que sea visto como legítimo por
quienes son afectados (décimo lema del Anticristo). Porque sin ella,
será letra muerta.
Parque Jurásico
La segunda idea que aterricé después de
conversar con Pilotonic fue que la gente no entiende que el montañismo es
inherentemente peligroso (esto ya fue discutido anteriormente).
Si nuestra sociedad pudiera, de una vez por todas,
reconocer este cruel concepto, entonces colocaría en su justa perspectiva
las tragedias, porque, aunque duela decirlo de esta manera, los
accidentes son parte del juego (undécimo lema del Anticristo).
Inevitablemente han de ocurrir, de donde viene
mi inclinación a referirme a ellos como un problema estadístico. Viéndolo así,
más acertado aún me parece la comparación con el acto de conducir un vehículo.
No importa cuánto esfuerzo pongamos en desarrollar una señalética apropiada, en
mejorar las carreteras, en educar a la gente, en incrementar las medidas
punitivas o en regular aún más el tráfico. Al final, siempre habrá accidentes.
Es sencillamente demasiada gente conduciendo, por demasiado tiempo, con
demasiados factores involucrados. A lo más que se puede aspirar es a
reducirlos.
Advierto que reconocer que siempre tendremos
accidentes no significa que caigamos en la complacencia. ¡No señor! Debemos
trabajar en eliminarlos, siempre tratando de mejorar, nunca dándonos por
satisfecho. Tomando, ya sea como deportistas, instituciones o comunidades, las
medidas que sean necesarias.
Que serán bienvenidas siempre y cuando no
atenten contra el espíritu mismo de la actividad.
Cada Chispa un Incendio
El tercer punto, es que es inaceptable que
toda la disciplina sea puesta en entredicho cada vez que ocurre un accidente
(que sería como decir que en toda ocasión que un auto choque, se piense
seriamente en prohibir manejar).
Es entendible que generen conmoción y,
aparejado con ella, que sean “noticia”. Sería torpe negar que la gente quiere
conocer esos detalles, entre tenebrosos y épicos, que rodean a un grupo de
expedicionarios marcados por la tragedia. Es un alimento natural para los
periodistas y, hasta aquí, no hay problema.
Lo malo viene después, cuando, con mucho de corazón
y poco de sesos, estos mismos medios de comunicación, la gente común
y corriente o los líderes de opinión, empiecen a exigir cosas que
tal vez no son necesarias, o que son irrealizables. Es en este momento
donde, típico, destacan las opiniones de quienes ponen en tela de
juicio la actividad completa.
Normalmente (¡normalmente!), tales aseveraciones
se basan en la ignorancia. No lo digo por ofender, sino porque realmente
desconocen el tema. Si fueran personas de escasa influencia quizá
ni siquiera ameritaría comentarlo aquí, pero, para nuestra desgracia,
nos estamos refiriendo a gente que detenta el Poder y, ergo, la
capacidad de hacer daño.
Sería torpe ponerme aquí a demostrar lo válido
que es nuestro deporte, porque somos cómplices y sabemos de lo que estamos
hablando. Pero déjenme citar un caso. Sólo en un mes, este año, en la zona del
Elbrus (Cordillera del Cáucaso) murieron 16 personas en al menos 8 incidentes
distintos (apuesto a que no lo sabían; yo sé la causa... ¡porque para esa área
ya no es noticia!). Este índice varía de año en año, pero es recurrente la
accidentalidad. Y, a pesar del dolor y del respeto que se ha de tener por la
desgracia ajena, nadie osaría criticar la práctica del alpinismo en dicha zona
(aparte que se echaría encima toda la industria turística que vive de ella) 1.
Este sólo es un ejemplo. Hay otros similares:
Chamonix, Denali, Aconcagua, Himalaya... En alguno de estos casos la función
continúa sencillamente por razones monetarias; en otros, hay motivos
culturales. Pero para efectos de esta discusión, el resultado es el mismo: la
actividad es válida en sus propios términos.
El desafío a largo plazo para nosotros es comunicar.
Es decir, hacer extensión. Difundir en qué consiste el montañismo,
qué cosas involucra, qué cosas exige, cómo es aquí, cómo es allá.
Con ello lograremos que, en el largo plazo, haya más voces educadas
que llamen a la cordura cuando surjan los problemas.
Si algún día veo que, en el furor de la
polémica producida por nuevas tragedias, el Presidente de nuestra república
dice “recuerden que el montañismo es inherentemente peligroso y que los
accidentes forman parte del juego”... ¡Compadre!, eso sería todo. Con eso me
retiro. Cuelgo los grampones.
No habría nada más que discutir.
Pilotonismo
La cuarta y última reflexión se refiere al
Pilotonismo, esa actitud de crítica gratuita (con todas sus variantes) que se
hace a quienes sufren accidentes en montaña, calificándolos per-se de
irresponsables.
Es fácil reconocerlo, porque quienes lo
padecen tienden a justificar su postura en base a dos argumentos clásicos: la
inutilidad misma de la disciplina y el costo que le significa al país el
rescate de estos “irresponsables”.
Con respecto a lo primero, se me llena la boca
con frases que podrían inundar páginas y páginas de argumentos que indican lo
contrario. Pero, como esta columna está naturalmente circunscrita a sus
cultores, quienes tienden a ser entendidos en la materia, por esta única vez lo
voy a dar por demostrado.
El segundo, el rescate de los accidentados, sí
que es un tema relevante cuya estructura todavía ha de ser definida en Chile,
pero aún así no justifica la soberbia implícita del Pilotonismo. Éste
equivocadamente presupone la culpa de quien se accidentó, como base para
demostrar que los recursos se están dilapidando. Pero en una columna anterior
se vio que es una falacia pensar que los accidentes en montaña ocurren
necesariamente porque ha habido una negligencia.
Entonces, ¿qué queda? Nada. No se puede tachar
de imbéciles a los heridos de un accidente de tráfico sólo porque no tienen un
seguro por pérdida total.
Es inaceptable aceptar, ya sea a través de hechos
o dichos, esta postura de paternalismo. La actividad es válida,
ejercida por ciudadanos libres por las razones que ellos consideran
válidas y en las cuales nadie debe inmiscuirse. Si se accidentan,
merecen respeto intelectual, mensaje que va tanto para los medios
de comunicación como para quienes se ven involucrados con los azares
de un rescate.
¡Abajo el Pilotonismo!
Pobres Cifras
Originalmente mi intención había sido derivar,
a partir de la polémica con Pilotonic, hacia el análisis de estadísticas de
accidentes ocurridos en Chile en los últimos años, para poder así afirmar si
realmente los índices de accidentabilidad, comparados con otras realidades, son
altos o no.
Pero este deseo se reveló infructuoso a medida
que fui descubriendo la magnitud del desafío. Demasiado complejo para este
esfuerzo individual (se requiere un poco más que buenos deseos para obtener
buenos números). Por lo tanto, hoy mi respuesta a esta pregunta vital sería “no
lo sé”.
Ya advertido lo anterior, igual comento que
algo saltó del papel. Pude cualificar que, en promedio, en Chile (sin
considerar el área del Fitz Roy y Antártica) e incluyendo excursionistas,
extranjeros y expediciones comerciales, se producen anualmente entre 1 y 2
muertes. Es cierto que hay distorsiones, y también que mis definiciones son
discutibles, pero, al menos, ya hay una cifra.
Eso significa que en el horizonte de los próximos
5 años, si se mantiene la tendencia, deberían fallecer entre 5 y 10 personas
debido a la práctica del Montañismo. Con tal número, es tan cierto como que las
mujeres se afeitan que el tapón de la conmoción pública volverá a saltar, con
un nuevo ciclo de críticas, demandas y proyectos absurdos.
Habrá que tener paciencia.
El Anticristo
1. Ni siquiera aunque al final de esa temporada (2004)
se contabilizaran ¡48 accidentes fatales! (fuente: Pilgrim Tours)
|