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La Crónica Que No Fue
Por el Anticristo (junio 2006)
Estimados Lectores:
Acaba de cumplirse un año de la tragedia de Antuco y, denlo
por seguro, habrá una avalancha de homenajes, reportajes
y especiales de prensa, todos ellos tratando de explicar algo.
Como soy famoso, una editorial (de cuyo nombre no quiero acordarme)
me invitó a participar en un libro testimonial, dándome
espacio en uno de los anexos para dar mi visión del asunto.
Que no había terminado de colgar el teléfono y ya
estaba pegoteando párrafos por aquí y por allá.
Varias horas más tarde tenía un documento regio que
se los envié muy contento y ufano.
Dos días después me llamaron de vuelta para decirme
que mi material era un poco delicado. Incluso riesgoso. ¿No
podría acaso "suavizarlo" un poco? ¿Por
ejemplo, quizás eliminar ciertas líneas argumentativas
que atacaban la honra de nuestras sagradas instituciones? Mira que
estamos en Chile y uno no puede llegar y decir ciertas cosas...
¡No!, dije yo. O la cumbre o la muerte, o vencer o morir.
Les dije que no sacrificaría ni una coma por un millón
de votos. Bueno, que te vaya bien, me contestaron.
Dos días. Eso es lo que duré como opinólogo.
¿Arrepentido de ser tan intransigente? Hmmmm, en realidad
no. Tal vez si hubieran habido 3 millones de dólares en la
mesa hubiera preguntado dónde me coloco, pero, así
como estaban las cosas, no se justificaba suavizar el misil. Porque
escribir por escribir no aporta nada. Si hubiera recortado el documento,
sólo habría hecho exactamente lo mismo que tanto critico:
generar palabras vacías.
No. Lo prefiero así. Mas vale pobre pero honrado.
Así es que me quedé con un material que según
yo aportaba a la discusión pero que nadie quería publicar.
En tal caso, ¿qué mejor que compartirlo con ustedes
aquí? Y gratis. Una manera apropiada, además, de cerrar
este ciclo (será la última vez que me refiera a la
tragedia de Antuco y sus consecuencias).
Les advierto que el texto que viene a continuación es un
poco largo (porque fue redactado pensando en el libro), así
es que mejor tómenselo con calma y no traten de absorberlo
todo de una.
Au revoir,
El Anticristo
PD: y no, no lo he olvidado... ceterum censeo Conaf esse delendam
AQUELLA FRÍA TARDE DE OTOÑO
El montañismo civil, del cual soy parte, es una actividad
hermana de aquella realizada por los militares. Si bien ambas se
desenvuelven bajo premisas diferentes, los peligros y vivencias
son semejantes y hacen que a sus practicantes se les considere miembros
de una sola gran familia. Si una desgracia afecta a uno de los hermanos,
el sufrimiento es compartido por todos.
Eso explica porque, a pesar que fui tan sólo un espectador
más, el fallecimiento de los 45 soldados chilenos en los
faldeos orientales del volcán Antuco, el 18 de mayo de 2005,
fue algo que me llegó directo al alma.
No les voy a mentir. Me emocioné hasta las lágrimas
al ver esas imágenes de padres desgarrados por el dolor,
pidiéndole a gritos a Dios que por favor les devolvieran
a sus hijos. Tristes tardes de otoño, llenas de pena. Por
los familiares de las víctimas, por los oficiales señalados
como responsables... y también por lo cruel que parece ser
la vida misma. Además sentí impotencia, porque, claro,
salvo tenerlos a ellos presentes en mi corazón, no había
mucho más que yo pudiera hacer.
Sin embargo, con el paso de las semanas empecé a ver cómo
ciertos conceptos que considero equivocados, ganaron espacio en
los medios de comunicación y comenzaron a ser utilizados
como piedras angulares para análisis que, dada sus falsas
premisas, eran derechamente erróneos.
Eso me molestó. No soporto ver cómo la gente sigue
imaginándose las montañas de Chile como un reino de
dragones y gárgolas. Y, si yo no podía retroceder
en el tiempo para haber evitado la tragedia, al menos sí
podía contribuir desenmascarando esas mentiras y, con ello,
traer un poco de calma a la caza de brujas que se ha desencadenado
desde entonces.
Estos mitos y medias verdades los he recopilado por años.
Algunos no tienen directa relación con Antuco, pero consideré
útil incorporarlos porque dan una visión de conjunto.
Varios de ellos van en contra de lo "establecido", por
lo cual corren el riesgo de ser rechazados de plano. Sin embargo,
pido que les den una oportunidad; que los consideren en su propio
mérito. Total, ¿qué se pierde? Si estoy equivocado,
no hay gran daño. Pero, si mis observaciones son ciertas,
sembrará en ustedes la semilla de un espíritu más
crítico, el cual, cuando ocurra un nuevo accidente de montaña
en Chile, les podrá ayudar a separar lo razonable de lo desacertado.
Un primer paso para hacer Justicia.
Nuestros Fértiles Valles
Físicamente hablando, una parte importante de nuestro territorio
está cubierto por cerros, glaciares y cordilleras. Sin embargo,
eso no nos ha convertido en un pueblo montañés.
A diferencia de las culturas que es posible encontrar en Perú,
Asia Central, Nepal o el Cáucaso (donde la gente ha hecho
de las montañas su lugar) nosotros no entendemos, no usamos,
ni dominamos los espacios y ecosistemas que los Andes nos brindan.
Tenemos que asumir, de una vez por todas, que la cultura chilena
es una que se desenvuelve y se realiza a sí misma en los
valles.
No es asunto de "bueno" o "malo". Es sencillamente
lo que somos. Culturalmente hablando, Chile no es un país
de montaña.
La Cordillera de los Andes
En términos comparativos, y salvo el sector austral (específicamente
las áreas ligadas a los Campos de Hielos), la Cordillera
de los Andes debe ser considerada como un macizo montañoso
más bien benigno.
Es angosta, con fáciles y múltiples vías de
escape. El clima es predecible, de cambio lento, sin viento y con
una gran proporción de días despejados. No está
cerca de los Polos, no experimenta tormentas eléctricas ni
huracanes y el fenómeno de las avalanchas es menor que el
que se da en otras latitudes. Para los estándares actuales,
no puede ser considerada remota, sus mayores cumbres no son difíciles,
ni tampoco realmente altas (ninguna excede los 7.000 metros). Apenas
le van quedando glaciares, no habitan en ella animales peligrosos
y la geografía que la rodea (ríos, quebradas, bosques
y desiertos) no son ningún impedimento de primera magnitud.
Hoy en día, con equipo, información y una actitud
correcta, los montañistas pueden entrar a los Andes chilenos
y desenvolverse en ella tranquilamente casi en cualquier condición.
Por eso es un error pensar que la tasa de accidentabilidad gatillada
por los factores de riesgos de nuestras montañas, se debe
al infortunio de estar cerca de ellas. Son otros los países
cuya ciudadanía sí tiene el derecho de maldecir el
destino por colocarles en sus espaldas una cordillera que no para
de golpearlos.
Pero no nosotros.
Magnitud de la Tragedia
¿Fue Antuco realmente la mayor tragedia que nuestro país
tuvo en cuanto a accidentes de montaña?
Pareciera que sí. Pero "parecer" no es lo mismo
que "ser".
Salvo el antecedente cualitativo que el Ejército manifestó
en su momento ("la mayor tragedia de la Institución
en tiempos de paz"), nadie más pudo aportar datos reales
que pudieran situar el desastre de Antuco en el lugar que le corresponde.
Y esto es porque, créase o no, no existen estadísticas
formales que nos indiquen cuántas personas han fallecido
en Chile, a través de su historia, por accidentes ocurridos
en montaña.
Esta falencia es inaceptable, porque ¿cómo se puede
pedir corregir problemas si primero no se sabe si hay un problema?
El montañismo civil es quien más sufre con este vacío,
porque cada vez que hay un accidente, se pone en jaque la actividad
entera basándose en supuestos que, la verdad, nadie sabe
si son correctos (como por ejemplo que se gastan muchos recursos
en rescates).
Si se quiere que algo bueno surja de todo lo malo que fue Antuco,
aquí ya tienen una medida concreta que haría las cosas
mejoraran: generar estadísticas acerca de estos fenómenos,
esfuerzo que, de paso, obligaría a que todas las instituciones
involucradas hicieran públicos sus registros (mineras, hidroeléctricas,
Conaf, Carabineros, Fuerzas Armadas, Onemi...), medida relevante
para que las organizaciones ciudadanas puedan corroborar la calidad
de la información entregada.
Eso es para el futuro, pero como yo quería saber ¡ahora!,
no me quedó otra que compilar la información por mí
mismo. Tras varios meses de investigación obtuve los datos
(espero publicarlos pronto) y el resultado no sorprende: haciendo
uso de supuestos "razonables" (por ejemplo, dejando afuera
a los terremotos), son más de 700 las víctimas que
se han producido en Chile, desde 1900 en adelante, producto de accidentes
que tienen directa relación con sus montañas. En ese
lapso de tiempo (106 años), sólo existe una tragedia
que es mayor en términos de pérdidas humanas: la destrucción
de Sewell en 1944, cuando una avalancha causó la muerte de
más de 100 personas. Desde este punto de vista, la tragedia
de Antuco sería la segunda más grave.
Pero... algunos dirán que tal comparación es cuestionable,
porque afectó a un poblado, no a un grupo organizado que
se estaba desplazando por terreno montañoso. Aquí
entramos derechamente en el pantanoso terreno de las definiciones,
pero, si de raíz aceptamos como válida dicha objeción
(y descartamos los incidentes que ocurrieron en lugares como Sewell,
la Disputada de las Condes, San Gabriel, Las Melosas, Los Libertadores
y otros sitios), efectivamente Antuco sería el más
grave de todos, haciendo irrelevante la distinción entre
"civil" o "militar".
De todos los mitos que revisé, este es el único que
esencialmente se demostró correcto.
Montañismo es Peligroso
Tal como comenté antes, el hecho que la actividad de Antuco
haya sido realizada por soldados, con objetivos y recursos ad-hoc,
no quita que mantenga un grado de similitud con lo que los civiles
llamamos "montañismo" y, como tal, se someta a
sus mismas reglas. Dentro de éstas la más importante,
y continuamente olvidada, es que se trata de una actividad inherentemente
riesgosa.
Esta frase requiere un poco de ajuste, porque... todo es riesgo
en nuestras vidas.
Siendo rigurosos, es irrelevante cuestionarse si una acción
es azarosa o no. En realidad, la pregunta correcta es "cuán
riesgosa" una actividad es. Esto, si bien académicamente
cierto, no se toma en cuenta en el diario vivir porque simplificamos.
Si una situación parece tener más riesgos que la mayor
parte de las acciones que hacemos normalmente, la catalogamos como
"riesgosa". No porque las otras no lo sean, sino porque
ésta se localiza en la parte alta de una hipotética
escala del peligro. Por eso, decir que "bajar una escalera
no es riesgoso", no significa que alguien no se pueda caer
y quebrarse. Indica tan sólo que, comparativamente hablando,
hay otros menesteres que tienen una mayor ocurrencia de desgracias.
Por lo tanto, al decir que el montañismo es inherentemente
riesgoso, lo que estoy diciendo en realidad es que es más
riesgoso que el común de las actividades que realiza la gente.
Ahora, la razón fundamental por la cual el montañismo
es peligroso es porque el par "actividad-escenario" conforma
un sistema complejo de muchas variables. La primera y más
obvia representación de esta situación es el clima,
pero hay otras: el estado físico del involucrado, el equipamiento,
los accidentes geográficos y todo ese conjunto de miles de
pequeñas decisiones que se toman día a día
mientras los grupos se desplazan en el terreno.
La vieja escuela de pensamiento del montañismo afirmaba que
éste no era riesgoso, y lo explicaba más o menos así:
no habrá accidentes en este ascenso a una montaña
pequeña si... revisamos el equipo antes de partir, nos alimentamos
bien, estamos en un buen estado físico, la salud nos acompaña,
estamos concentrados en la bajada, nos documentamos antes de partir,
no olvidamos la linterna, no nos caemos...
¿Tiene sentido? Bueno, talvez. De hecho normalmente nada
ocurre. Pero es demasiado optimista asumir que los individuos siempre
estarán en control de estas condicionales; son demasiadas
y no todas nos pertenecen. Tarde o temprano alguna fallará.
Hoy se parte de una premisa diferente: decir explícitamente
que es riesgoso y, a partir de este concepto, intentar minimizar
los accidentes.
Este enfoque tiene puros beneficios: es una estupenda manera de
advertir a los futuros practicantes que están entrando a
un juego serio, refuerza la concentración de quienes ya lo
practican (evitando la tan temida relajación que viene aparejada
con la experiencia), y, por último, sincera la situación
con los familiares, quienes terminan por saber realmente en qué
anda metido su ser amado.
Es obvio que la situación de los conscriptos en Antuco presenta
particularidades. De hecho, una parte del contingente estaba obligado
a participar y, por ende, no importando cuánto se les recalcara
que ir a prácticas de montaña era peligroso, aún
así no tenían opción: debían ir igual
(precisamente una de las razones para establecer de una vez por
todas el voluntariado del servicio militar... pero eso más
adelante).
Montañismo es inherentemente peligroso. Recuérdenlo.
Negligencias
Íntimamente relacionado con la falacia de considerar el andinismo
como una actividad segura, está aquel pensamiento que dice
que todos los accidentes en montaña son por fallas humanas.
Admito que es un postulado que parece tener sentido, tanto en su
forma y fondo. Por un lado (en la forma), en todo accidente se puede
encontrar una falla en el lado humano de las cosas. Por otro (en
el fondo), recalca lo importante que es nuestro juicio a la hora
de tomar decisiones, señalándola como la herramienta
para resolver situaciones complejas.
Si un excursionista cae a una quebrada, es porque estaba distraído.
Si un grupo hace una travesía invernal en esquís y
es atrapado por una avalancha, el error fue haber estado en el lugar
y la hora equivocada. Si un escalador regresa del Himalaya con tres
dedos amputados, el culpable no fue el frío, sino que el
montañista, por haber ido demasiado lejos, demasiado tarde.
Aplicando la misma forma de pensar, si 45 soldados sucumbieron de
frío en Antuco, fue porque alguien se equivocó y fue
negligente.
Pero un momento. Que esta idea le agrade al sentido común,
no significa necesariamente que sea verdad. De hecho, no lo es.
Las razones son varias. Primero porque no da cabida a la naturaleza
intrínsicamente riesgosa que el montañismo tiene (ya
explicado antes). Segundo, se construye sobre la frágil premisa
que todo depende de nosotros, que podemos controlar los eventos,
¡qué el azar no existe! Tercero, hace rotular tajantemente
las decisiones de los involucrados como "buenas" o "malas",
riesgoso análisis ex-post que no da espacio justo para los
matices, tan abundantes en montañismo.
A diferencia de la ciudad, donde siendo muy simplistas podemos decir
que los eventos tienden a ser regidos por leyes determinísticas,
en los terrenos de aventura actúan más bien directrices
probabilísticas. Una persona "urbana" sabe que
cruzar una intersección con luz roja es algo incorrecto (por
no decir estúpido). Lo sabe antes de hacerlo, al igual que
matar, robar y cualquier otra acción que una sociedad determine
como nociva. Pero "al aire libre" no es tan clara la distinción;
no tienes reglas tan absolutas. Todo depende. A lo máximo
que se puede aspirar es a sopesar, de la mejor forma posible, las
probabilidades de los eventos que circundan a los "aventureros".
Y luego actuar en consecuencia.
Visto así, no siempre es correcto asignar la causa de un
accidente a una "mala" decisión, porque normalmente
las personas se enfrentan a un abanico de confusas opciones, todas
ellas pareciendo ser buenas en ese instante.
El postulado aquel ("todos los accidentes en montaña
se deben a fallas humanas") tiene otro grave problema: sesga,
porque, quien lo usa, prejuzga, al predeterminar, sin ni siquiera
saber lo que ha ocurrido, que alguien ha de tener la culpa. Especialmente
delicado es si quien lo dice es un juez o fiscal (en mi opinión,
ya razón suficiente para inhabilitarlo).
Finalmente, la última crítica. La frase confunde lo
que es riesgo asumido con error.
Para explicarlo, usemos el siguiente ejemplo: un grupo de andinistas
haciendo una travesía invernal en esquí. Se internan
en un valle andino en el mes de agosto y una avalancha los sepulta,
resultando en la muerte de los participantes. Empleando la típica
forma de desmenuzar la situación (precisamente la que aquí
estoy combatiendo), habría que decir que la causa del accidente
fue la errónea evaluación que el grupo hizo de las
condiciones del terreno (ergo, falla humana).
¿Sensato análisis? No. Simpleza velada. Porque olvida
que talvez los integrantes sí sabían que había
riesgo de avalanchas ese día a esa hora, pero que aún
así, por razones varias (competencia deportiva, necesidad
de evacuar a un herido, imposibilidad de seguir otra ruta), igual
tomaron la decisión de entrar. Por ejemplo quizás
consideraron que era temprano en la mañana y como no había
nevado en varios días, había una buena chance que
nada pasara.
En un caso así, no es adecuado juzgar la decisión
como "incorrecta" sólo por el resultado. Por supuesto
que es una desgracia la pérdida de vidas humanas, pero ¿se
produjo por un error? Dado que ellos hicieron un análisis
de la situación antes de entrar, ¿no sería
mejor decir que fue sencillamente el efecto de un riesgo asumido?
Tomen el caso de un jugador de ruleta rusa. ¿Sería
correcto decir que el perdedor cometió un error sólo
porque apretó el gatillo y resultó con la bala ganadora?
¿No es más acertado decir que "perdió"?
Tal vez el tipo fue lo suficientemente tonto como para participar
en tal macabro juego, pero eso es otro cuento. Si aceptó
jugar sabiendo en lo que se metía, ya recibir la bala era
parte del juego. No una falla de su parte.
Está claro que aceptar que no todos los accidentes en montañismo
se deben a fallas humanas, no significa que no existan negligencias.
Es tan sólo establecer que existe la posibilidad que no los
haya, primer paso de cualquier investigación que se precie
de imparcial.
Determinar Culpables
Más problemas. Aún para un investigador imparcial,
no es fácil determinar si hay negligencias en un accidente
de montañismo, porque la línea que separa la "irresponsabilidad"
de lo "fortuito" es muy, pero muy delgada.
Para realmente juzgar con propiedad, es preciso contar con todos
los datos. Yo, en mi papel de ciudadano informado sólo por
lo que los medios de comunicación entregan (datos incompletos
y de mala calidad) no estoy en posición de hacer juicios.
A menos que los antecedentes fueran públicos, o que el proceso
tuviera algún grado de transparencia, algo que no ocurre
y que nos lleva ineludiblemente al otro de los puntos claves: lo
arcaico del sistema judicial militar chileno.
Creo que otros de mejor forma han argumentado la conveniencia de
cambiarlo. Y por ambos bandos: los acusados (al no tener las garantías
del debido proceso) y las víctimas (al considerar que no
se está haciendo justicia). Yo, como espectador neutral,
me sumo a las críticas. El Estado de Chile no puede esperar
que me quede tranquilo en mi casa con su mensaje de "no te
podemos decir nada, pero no te preocupes, le estamos pasando la
responsabilidad de hacer justicia a alguien íntegro que realmente
sí sabe".
Lo lamento, eso no me lo trago. Ni lo hacía antes con el
viejo procedimiento civil penal ni tampoco ahora. No confío
ni tengo por qué creerle a una persona que el sistema me
impone.
¿Quieren que se haga justicia? ¡Cambien este sistema!
La Presión Social
Aquí es donde todos los problemas anteriores se entrecruzan.
Si la gente no entiende que no es posible garantizar la seguridad
de la gente en montaña, si cuando ocurren accidentes todos
asumen que debió haber habido negligencias, si el proceso
judicial es secreto y con todos los vicios ya conocidos, entonces,
es difícil rotular al proceso como imparcial.
El clamor por justicia es algo que no tiene nada de malo si es bien
encauzado, pero en el caso de Antuco tal presión se pasó
de la raya, porque todos, incluyendo el mismo Ejército, buscaron
culpables. Con tal determinación, no fue extraño que
pronto los encontraran...
Yo me pregunto, con toda la honestidad que una nación se
debe a sí misma, ¿y si realmente nadie tuvo la culpa?
¿Si de verdad fue la suma de muchos pequeños errores
de los cuales los oficiales procesados sólo fueron el último
eslabón? ¿Aceptaría nuestro país una
respuesta como esa?
Así, tal como están dadas las cosas, la respuesta
es no. Chile no hubiera aceptado una investigación que entregara
ese resultado.
Informe del Tiempo
Uno de los antecedentes que se esgrimió como elemento clave
para demostrar comportamientos negligentes fue la existencia de
reportes meteorológicos que advertían de la llegada
de condiciones climatológicas adversas.
Eso es un error. O mejor dicho, una exageración, porque la
importancia de los pronósticos del tiempo tiende a ser sobreestimada.
La razón es simple. La escala a la que se mueven los andinistas
es demasiado fina para reportes meteorológicos que tienden
a ser genéricos. Éstos normalmente hablan de "vientos
fuertes", "probables nevazones", "abundantes
lluvias" y, en el mejor de los casos, cuando se requieren de
informes más precisos, pueden aventurarse un poco más
y llegar hasta especificar la velocidad del viento.
Pero la situación en montaña no es como en el mar.
Cada valle o rasgo geográfico tiene su propia dinámica
y la información anterior, si bien útil, debe ser
incorporada sólo como una variable más a considerar;
no como algo relevante por sí misma.
Tomando nuevamente el ejemplo de la travesía, un grupo puede
estar advertido que viene mal tiempo pero igual decidir moverse,
porque desea alejarse de una zona de avalanchas, regresar a casa
antes que la situación empeore, o porque simplemente está
en un terreno que no presenta riesgos. En cada uno de estos casos,
la llegada de una tormenta no significa por sí sola la inmovilidad
del grupo.
Además que todavía hoy, a pesar de la tecnología,
los reportes se equivocan. Cuando eso pasa, los usuarios se sienten
estafados y comienzan a dudar de los subsiguientes.
Los reportes meteorológicos serán más relevantes
al montañismo nacional el día que entreguen información
de esta laya: "en el valle de Lo Valdés, habrá
100% de probabilidades de peligro de avalanchas en los primeros
dos kilómetros, con viento blanco de 80 kilómetros
por hora a partir de cota 1.000".
Filosóficamente Hablando
El asunto del "mal tiempo" me lleva a otra reflexión
que no tiene relación con lo que ocurrió en Antuco,
pero que sería bueno poner en el tapete: necesitamos contar
con soldados que sepan desenvolverse en la geografía que
Chile tiene. Esto significa, nos guste o no, que sepan moverse en
terreno abrupto en cualquier condición.
Admitiendo que es difícil decir dónde está
el límite entre lo que es un entrenamiento productivo y lo
que es locura, aún así, como nación, no podemos
perder de vista que la regla de evaluación que nuestros militares
deben usar para desenvolverse en la Cordillera es diferente a la
que usan los civiles. De la misma manera que éstos, casi
por definición huyen del mal tiempo, un soldado, se supone,
debe hacer de éste una ventaja, algo de lo cual hay que sacar
provecho para defender nuestro país.
Y es aquí de donde se deriva una de mis más grandes
críticas al Ejército de Chile, si es que no a las
Fuerzas Armadas en general. En montaña son bastante deficientes.
Esta afirmación merece ser vista en detalle a continuación.
Hechos, Hechos y Tan Sólo Hechos
En andinismo, a la hora de las evaluaciones, lo que mandan son los
hechos, no las capacidades. Ésta sólo puede ser certificada
si viene acompañada de una expresión tangible de tal
habilidad, lo cual en montaña significa un resultado. Adónde
ha ido, con quién se ha capacitado, qué ha hecho,
por cuál ruta, cuándo, cómo, dónde.
Esta afirmación (lo que mandan son los hechos) parece sólo
referirse a la componente deportiva del género, pero en realidad
se aplica a todos: guías, instructores, practicantes y militares.
Obviamente hay énfasis distintos para cada una de estas facetas,
pero históricamente está comprobado que todas ellas
en algún momento comienzan a expresarse con un logro deportivo
concreto.
Está claro que no es necesario que los grupos de elite del
Ejército suban la Pared Sur del Aconcagua para demostrar
que pueden defender expertamente al país, pero si tienes
gente de primer nivel dentro de la Institución, tarde o temprano,
alguno de ellos querrá probarse a sí mismo en la arena
deportiva. Y, cruda realidad, en Chile casi ningún logro
deportivo importante ha sido realizado por miembros activos o retirados
de las Fuerzas Armadas. Eso lleva a que haya sospechas fundadas
acerca del verdadero nivel de nuestras tropas en montaña.
De paso aprovecho de decir que los verdaderos expertos en alpinismo
en Chile son los civiles. Son estos los que han elevado la vara
deportiva, mientras que los exponentes de las Fuerzas Armadas y
de Carabineros, ya sea a través de sus grupos de operaciones
especiales o bien mediante esfuerzos individuales, no han conformado
grupos de elite deportiva. Llegado el momento de las evaluaciones,
sus actividades son inferiores en cantidad y calidad.
Esta situación no es conocida ni por los medios de comunicación
ni tampoco por las autoridades del país. O sea, por quienes
tienen derecho a voz en Chile. Por lo tanto, ninguno de los anteriores
ha tocado este punto, trayendo como consecuencia que el montañismo
militar se ha transformado en una esfera cerrada que vive para y
por sí misma (lo cual no necesariamente sería grave
si fuesen proficientes, pero como no lo son).
Yo, como ciudadano chileno, tengo el derecho a reclamar por esta
situación. Todos los escenarios de guerra futura nos exigen
la perfección en el arte de las técnicas de montaña.
Es un asunto de seguridad nacional.
Dios no lo quiera, pero ¿qué pasaría si estuviéramos
en guerra con Argentina? ¿Enviarían a defendernos
a conscriptos entrenados y vestidos como los de Antuco?
Equipo y Vestuario
La más grande y evidente critica post-Antuco fue el mal equipamiento
de los soldados. Según yo, esto es re-fácil de solucionar...
Haciendo un cálculo simple, para vestir a un conscripto con
equipamiento nuevo estándar, similar al que usa un andinista
civil promedio, sólo por concepto de items personales se
necesitarían aproximadamente US$2.000 por cabeza. Me refiero
a zapatos plásticos, polainas, mitones dobles, anteojos obscuros,
antiparras, balaclava, tres capas de ropa y calcetas. No incluyo
aquí el equipo común (como anafre, carpa o pala) ni
tampoco otros elementos que se pueden usar por varios años
(grampones, mochilas, bastones, colchoneta, saco de dormir, etc).
O sea, acabar con la falencia de equipamiento de nuestros soldados
es simple. Basta más dinero. Pero ¿está nuestro
país dispuesto a realizar una inversión de esta magnitud
para que no se vuelva a repetir lo de Antuco?
Dada las prioridades que Chile se ha auto-asignado, la respuesta
es clara: NO.
En los hechos no hay ánimo ni voluntad para hacerlo, así
es que la próxima vez que ocurra una tragedia como esta,
cuándo la gente se empiece a preguntar de quien es la culpa
que nuestros soldados no hayan tenido chaquetas de Gore-tex... la
respuesta es simple: es nuestra culpa.
Aprovechando la Ocasión
Siempre he creído que la situación geopolítica
de Chile amerita un esquema de servicio militar semejante al de
Suiza. No sólo sería una fuerza social transversal
(dado que tendríamos que hacerlo todos), sino que también
la defensa nacional adquiriría un rostro más cercano.
Pero, como el cambio es tan radical, la elite de nuestro país
jamás lo implementará. Por lo tanto, si tendremos
siempre un ejército regular del tipo prusiano-occidental,
entonces es mejor hacerlo derechamente "voluntario" y
aprovechar el impacto de Antuco para que la reforma se haga realidad.
Ganamos todos. Porque, primero, se sinceraría la situación
y sabríamos realmente cuántos chilenos están
interesados en defender su país (si resulta que son pocos,
entonces tendríamos que averiguar qué es lo que está
pasando con nuestra nación). Segundo, mejoraría la
calidad de nuestras tropas, porque allí estarían sólo
los que tienen la vocación. Y tercero, haría más
robusta la imagen de las Fuerzas Armadas en casos de tragedias,
porque los afectados serían personas que llegaron ahí
por su voluntad, individuos a los cuales, si se acepta la sugerencia
que esgrimí antes, ya se les habría advertido majaderamente
que el asunto es peligroso.
No tiene sentido tener juntos hoy a dos perfiles de soldados tan
disímiles.
Modestia Aparte
Finalmente, una lección de humildad que el Ejército
debe aprender.
La rivalidad entre los montañistas civiles y militares se
podría calificar de "amistosa"... Si no fuera por
un gran "pero".
En los últimos años, cada vez que hubo un accidente
civil, el Ejercito de Chile sacó partido de la situación,
mandando mensajes subliminales del estilo: "a ellos les pasa
porque son aficionados, no como nosotros que somos profesionales".
Esta postura alcanzó su clímax después de la
tragedia en el Campo de Hielo Norte, cuando las críticas
arreciaron en contra de la disciplina. En tales momentos el Ejército,
en lugar de ayudarnos comunicacionalmente, y hacer ver que los accidentes
son parte de la actividad (como aquí he tratado de explicar),
no se demoraron dos segundos en tratar de diferenciarse.
Hasta que les ocurrió a ellos.
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