Anticristo: Perdiendo el Control
La Columna del Anticristo
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Perdiendo el Control
Por el Anticristo (junio 2004)
Por diversos medios me ha llegado el borrador de un proyecto de ley cuya intención es regular las actividades de deporte aventura que se realizan al aire libre.
Árido tema. Tan sólo redactar la frase anterior ya me fue un problema. Desconozco si "regular", "deporte aventura" o "aire libre" representan exactamente el tenor del asunto; podría haber usado "controlar", "turismo" o "naturaleza" y el sentido no cambiaría.
Mas no nos hagamos problema por esto. Sabemos a lo que nos estamos refiriendo: las sombras del Imperio de la Ley han llegado.
Mis Términos
Como es de esperarse, no me voy a marginar de la discusión, especialmente después de haber leído el manifiesto. Pero lo haré a mi manera; sin apuros y desarrollando conceptos, la mejor forma de sacar algo en limpio de todo esto. Si no, lo único que estaría haciendo sería repetir frases manidas y aullar más fuerte que los demás. Para eso mejor me quedo callado.
En consecuencia, primero esclareceré cuatro o cinco ideas preliminares, las cuales, junto con otras explicadas anteriormente, serán usadas para plantear mi posición.
Como eso toma tiempo, es muy probable que alejará de esta columna a quienes no soportan tanta discusión teórica. Soy el primero en admitirlo y pedir disculpas de antemano.
Pero no olviden que esta vez la amenaza viene del mundo de las ideas y es precisamente ahí donde debe darse la pelea primera. Es más. Es en este nivel donde demostraré lo equivocado, absurdo e inútil que es la institucionalidad que el referido proyecto de ley intenta establecer.
La Mano del Hombre
Una motivación que ha caracterizado por siempre a la Humanidad es su afán de poder controlar el ambiente que lo rodea.
Al principio nuestras ambiciones eran mínimas: "eliminar hoy y aquí cualquier peligro". Pero después, a medida que el Hombre se reveló exitoso y el tejido social se hizo más complejo, nuestros anhelos crecieron y abarcaron no sólo aspectos relacionados con la supervivencia inmediata, sino que también otros que incluso pueden llegar a considerarse refinados: el tráfico, las relaciones laborales, el comercio o la forma de vestir.
El objetivo último de estas preocupaciones es simple: incrementar nuestra seguridad (o la percepción que tenemos de ella).
Nada nos asegura que mañana no moriremos atropellados, pero tener reglas de tránsito nos dan cierta confianza al momento de cruzar una calle. Nada nos dice como serán las condiciones económicas en los próximos años, pero nos reclinamos aliviados en nuestros asientos de cuero al mirar nuestro último contrato laboral, como si esas letras pudieran controlar el futuro.
Bueno. Para generar tales mallas de protección debemos tener el Control (así, con mayúscula), entendido en este contexto como ese poder insaciable que ejercemos como Sociedad sobre el sistema en el cual estamos inmersos, con la idea final de disminuir los riesgos que nos asolan.
Ya sea en la construcción de una nueva autopista en un ambiente desértico, la prohibición de cruzar una calle con luz roja, o la promulgación de una ley para controlar el tráfico de estupefacientes, todas ellas en el fondo son expresiones diversas de este Control.
Bajar a una estación del Metro en una ciudad cualquiera es otro ejemplo. Lo hacemos no importando si es de día o de noche (demostrando con ello que ya hemos obviado las limitaciones propias de la luz diurna), independiente si afuera llueve o no (descartando el factor clima), esperando el carro en un área específica del andén (por dónde sabemos que no seremos arrollados) y siempre sabiendo que un tren pasará por nosotros en los próximos minutos (obviando con ello la incertidumbre temporal).
Esta ambición la damos por sentado, la usamos sin darnos cuenta e incluso, algunos la validan al decir que es un mandato divino. Otros sencillamente opinan que es neutra: ni buena, ni mala; tan sólo adonde hemos llegado por evolución.
Control, control, control. En las grandes ciudades de nuestros tiempos, todo es Control.
No Todo es Por Inducción
Usándolo como eje, podemos clasificar al Universo entero en tan sólo dos grandes esferas de acción: aquellas en que existe el Control (ambiente controlado), y en las que no (ambiente salvaje).
El Control es ejercido por nuestras autoridades, quienes, se supone, lo reciben como parte de un mandato que la Sociedad les entrega.
Dado que los dirigentes son, en su mayoría, perfectos especímenes que viven para, por y gracias a uno solo de tales ambientes (el controlado), están condicionados a utilizar sólo un tipo de lógica: modificar el sistema que los rodea para aumentar la seguridad de sus dirigidos (o sea, usar el Control).
Hasta ahí no hay drama. El problema empieza cuando tratan de extender su misma estructura mental de resolución de problemas (aka, el Control) al ambiente salvaje.
¿Cuándo ocurre? Fácil. Cuando un grupo de sus electores se interna en el ambiente salvaje, alguna desgracia les ocurre y regresan a la Sociedad para verse envueltos en la polémica. Los que los rodean, si no ellos mismos, exigen explicaciones y cambios, ante lo cual, quienes los representan, intentarán actuar como lo han hecho antes: disminuyendo los riesgos y aumentando la seguridad de sus dirigidos.
Por ejemplo, si diez andinistas fallecen porque les cae una avalancha, la respuesta natural de la autoridad será cerrar la entrada, exigir cédulas, tirar explosivos en las cornisas y promulgar una ley. Como si fuera igual a tener un edificio a punto de caerse en medio de la ciudad (donde efectivamente cierran la cuadra, sólo permiten la entrada a los expertos, demuelen el edificio y sacan una ley para regular los casos futuros).
Esta respuesta natural de nuestras autoridades, si bien entendible y lógica, lamentablemente ha demostrado ser equivocada e inútil. Por dos razones: primero, porque daña el medio ambiente y, segundo, porque coarta la libertad de las personas.
Veamos en detalle cada una de ellas.
Argumento Ecológico
La primera razón para negarse a ejercer el Control en ambientes salvajes es que ésta se transforma en destrucción para las especies que lo habitan.
En épocas pretéritas de nuestro planeta daba lo mismo. Había mucho espacio indómito y la naturaleza podía resarcirse de sus heridas. Pero hoy los ambientes naturales se han vuelto tan frágiles que cualquier cambio posee efectos relevantes.
Los ejemplos son evidentes. Cada vez que se ha ingresado a una zona intocada con el ánimo de "mejorarla" (como respuesta a algún problema previo que, a su vez, gatilla nuestras ganas de "Controlar"), al final se avanza un poco más en la degradación del sistema en cuestión. Ya sea un nuevo camino, teleférico o mirador, al final, siempre habrá más ruido, menos alimento para las especies, más basura, menos oportunidades para procrear, etc.
Argumento Espiritual
El otro motivo para negarse es el conocido hecho que dice que no todos los hombres son iguales.
De una manera análoga a una de las ideas de fondo que existen en la saga "The Matrix", siempre habrá personas a quienes las restricciones les incomodarán, por lo que tarde o temprano se verán impelidos a dirigir sus afanes a lugares donde puedan obviarlo.
Es el caso de la ciudad y la naturaleza. Un porcentaje de los hombres busca ex-profeso lugares sin reglas y, aparte de disfrutar el ambiente salvaje que los rodea, no aspiran a modificarlo, sino que desean realizarse en él.
Es una paradoja. Porque para que estos miembros del ambiente controlado funcionen bien, necesitan estar mentalmente sanos y, para eso, necesitan expresarse de vez en cuando en un ambiente salvaje. Aunque eso sea riesgoso.
Usando el mismo ejemplo de la estación del Metro, estas personas buscan a propósito un terminal del Subterráneo que esté al aire libre, donde haya que esperar tirado en el suelo, sobre los rieles, sin qué nadie sepa a qué hora viene un vagón o en qué dirección.
Por eso, en rigor, al excursionista no le interesa que le construyan un camino, o que le coloquen un asiento, o que traten de erguir una malla gigantesca en el cielo para obviar la lluvia. Ellos precisamente están deseando vivir la cosa real.
Es tan poderosa esta fuerza que, si alguien o algo les modifica su ambiente salvaje, ellos sencillamente se desplazarán en busca de otros sitios que sí los satisfagan. Por eso, los accidentes en montañismo siempre se producirán. Si 4 andinistas fallecen en la zona A, y las autoridades deniegan futuros accesos a tal área, el resto de los andinistas se irán a la zona B, aún no controlada, donde, tarde o temprano, alguien nuevamente morirá.
Sexto Lema del Anticristo
Recapitulemos.
Es innato al Hombre ejercer el Control (entendiendo por éste el poder de modificar el ambiente que lo rodea, con el fin último de incrementar su seguridad). Pero, por razones diversas, existen áreas que están ajenas a él. Cuándo surgen problemas, nuestras autoridades intentarán automáticamente ejercer tal Control sobre esos lugares, pero, lamentablemente existen motivos ecológicos y espirituales que demuestran que tal impulso es equivocado.
Resumido en forma de lema (el sexto): toda manifestación de Control en áreas salvajes es intrínsecamente errónea.
El aporte de este lema, que es radical, consiste en ver cuándo las cosas van en la dirección correcta, y cuándo no.
No tiene nada de malo construir una caseta de control y registrar a los visitantes (no intervenimos, tan sólo aumentamos el grado de información de lo que está pasando). Pero sí lo es exigir teléfono celular, seguro de vida, contrato de trabajo, libreta de familia, taladro, motor generador de combustible y un grupo expedicionario compuesto de al menos 10 personas, entre ellos, un cura, un doctor, un kinesiólogo y un policía (medidas que supuestamente incrementan el grado de "seguridad" de una expedición, cuando, en el fondo, no permiten que se disfrute la experiencia, se dañará más el ecosistema y, de rebote, hará que la gente se salte tales restricciones).
Otro ejemplo. No es intrínsecamente malo exigir un precio por entrar a un área reservada (si se ve como una fuente de recursos que vaya en beneficio directo de las entidades encargadas de las áreas), pero sí lo es si ésta se transforma en discriminatoria barrera de entrada (exigir un seguro de rescate por valor de US$60.000, en cuyo caso nadie lo podría abordar).
He dicho... por ahora.