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Ha Llegado Carta
Por el Anticristo
(octubre 2005)
Odiado Anticristo:
Mire,
antes de ir al grano del asunto, de pasadita quisiera aprovechar de decirle que
todavía no me convenzo que exista su columna. Definitivamente no puede haber
tanto interés en sustentar esta actividad suya de pasar frío y hambre por puro
gusto. Sospecho que en realidad Ud. paga por hacer uso de este espacio.
Pero,
en fin. No importa. Si me decidí a escribirle fue por otra razón. Sencillamente
quiero endilgarlo públicamente a que se vaya. ¡Retírese señor! ¡Ahora ya! Antes
que más padres sufran por la pérdida de sus hijos.
Sí
señor. Así es. Ud. es el culpable que mi primogénito se haya ido de la casa.
Hágase hombre de una vez por todas y asuma sus responsabilidades.
Con
la vieja todavía estamos estupefactos. Nuestro Johan era un niño ejemplar, bien
consciente, preocupado de nosotros. Cuando niño se devolvía solo a su corral
cuando le gritábamos que se quedara quieto, sin moverse hasta que nos
enternecíamos y le decíamos que se podía ir a acostar.
Buen
estudiante. Fue el primero de su clase y entró a la Universidad aquí en
Santiago, tal como habíamos planificado. Obtuvo las mejores calificaciones y
nosotros no veíamos ningún impedimento en que se titulara sin sobresaltos, algo
importante para que terminara por fin con su promesa de pagar los créditos del
televisor y los arreglos de la casa.
Esa
misma confianza hizo que le perdonásemos su par de rebeliones dos años atrás,
cuando, por ejemplo, tomó sin nuestro permiso un curso de escalamiento con
sogas con un tipo llamado Pipeta Silva.
Ahora
que lo pienso bien, también fue en ese período en que dejó de hacer su cama,
usar la corbata y lavarme el auto. Para rematarla, se puso a pololear con una
niñita que parece la llaman la "Coladora", con quien se encerraba en
su pieza a practicar kárate (esa fue la explicación del por qué de los gritos).
Hasta
ahí me aguanté, pero hace una semana el muy idiota me dijo que iba a dejar su
carrera de Derecho por… ¡Turismo! ¡En un instituto!
Me
quedé helado.
Mientras
me hablaba, para peor, descubrí que se había puesto dos aros en la lengua. Eso
me terminó por sacar de mis casillas y tuvimos una tremenda pelea.
Le
dije que era un irresponsable, que me faltaba el respeto, que estaba olvidando
los sacrificios que habíamos hecho con la vieja por él para que accediera a
todas las oportunidades que nosotros no tuvimos.
Johancito
trataba de explicarme, pero yo no le prestaba mucha atención porque cada vez
que abría la boca no podía dejar de ver como le tiritaban los aros de la
lengua, esta vez llenos de saliva y con un rizado pelo rubio venido de quizás
dónde.
Terminamos
a gritos. Le espeté duramente que si no quería entender por las buenas,
entonces tendría que ser a la mala. Mientras estuviera en mi casa se harían las
cosas a mi manera y, si no le gustaba, ahí estaba la puerta.
“Pues
bien”, me contestó, “me voy”. Sin darme un instante para llamarlo al orden,
agarró un bolso y se fue, dejándome sorprendido.
Dos
días después, todavía molestos con la vieja por lo ocurrido, ingresé a su pieza
para verificar que no hubiera droga escondida. Esta vez fui más minucioso que
de costumbre y di con un fajo de fotocopias en los cuales no había reparado
antes.
Eran
artículos de escalada y, dentro de ellos, una columna de un imbécil que daba
consejos a diestra y siniestra acerca del montañismo y la vida. Sí. Usted. Leí
los párrafos afiebradamente y me fijé que varios segmentos estaban subrayados,
uno de los cuales aparecía especialmente resaltado. Decía “vete”.
Ahí
entendí todo. En realidad Johancito no había tenido la culpa. Tan sólo estaba
confundido y tuvo la mala fortuna de haber sido malaconsejado, en el peor
momento posible, por una persona frustrada, perdedora y envidiosa como Ud.
Fue
allí, sentado en la deshecha cama de mi hijo, solo, más solo que nunca, qué me
di cuenta que probablemente habría otros padres que les estaba pasando lo
mismo. Más dolor y familias destruidas por culpa de un deporte inocuo y sin
sentido.
No,
no, no, me dije a mí mismo. A esto hay que ponerle un atajo. Aquí y ahora. Y mi
primer acto será desmitificar al culpable de esta tragedia. Hacer pública su
verdadera bajeza moral.
De
ahí el motivo para enviar esta misiva, donde le exijo que cese en su columna y
se vaya para su casa. Antes que tengamos una verdadera tragedia que lamentar.
Y,
sépase advertido, esta no será la última vez que sepa de mí.
Atentamente,
Estimado Caballero:
Mucho espacio para el debate Ud. no me deja,
pero me gustaría aclararle que soy el primero en sentirme ofendido por la
actitud que los jóvenes tienen con respecto a sus mayores. Desprecios
mayúsculos que son injustificables especialmente cuando vienen de la mano de la
amenaza física, una cobardía que no tiene nombre (aunque este no fue su caso).
Busqué en mis archivos algo que me diera luz
con respecto a los párrafos que son citados por Ud. y, efectivamente, encontré
un par de ellos donde directamente aconsejo mandarse cambiar. Pero tales
sugerencias estaban dentro de un preciso contexto que no puede ser olvidado.
Sin embargo, es evidente que a estas alturas
es inútil hacérselo presente porque lo que Ud. busca es un culpable. Alguien
que asume y pague por la “desgracia” que lo afecta.
Pero, en realidad, si hay alguien que deba ser
señalado como tal es Ud. mismo.
Así es. Porque se había hecho ciertas
expectativas con respecto al Amarra Junior, lo cual es un soberano error. Un
padre nunca jamás debe hacerlo. Nada de cosas como "él va a hacer esto o
aquello”, “que va a ir aquí o allá", “se va a hacer cargo de mi negocio”,
ni tampoco sutilezas como "podrá ser todo lo que quiera, pero maricón
no".
Bueno. ¿Y si sale maricón? ¿Qué? ¿Qué tanta
cuestión?
Este asunto de las expectativas lleva a otra
pregunta. Al final, después de todo… ¿para qué tuvo un hijo?
Asumiendo que no fue fruto de otras pretéritas
clases de kárate, insisto, ¿para qué tuvo un hijo?
Y por favor no me venga a contestar con
gastadas muletillas como “contribuir a la sociedad", “tarea cumplida” o
"continuar con el apellido". No. Hable con la verdad. Sea honesto.
¿Para qué @$%&# tuvo un hijo?
¿Para que le comprara cosas cuando grande?
Su hijo nunca fue su esclavo. Ni tampoco
sangre nueva que impulsará sus sueños. A lo más que puede aspirar un padre con
su descendencia es a guiarlos a través del camino de la vida. Pero más que eso,
imposible. Especialmente en esta época, donde los jóvenes tienen maneras muy
eficientes de olvidarse de sus padres.
Señor Amarra, no cargue a “Johancito” con
problemas que no le pertenecen. Déjelo ser. Si realmente él lo ama, lo ayudará.
No porque Ud. se lo obligue o demande, sino porque a él le nacerá hacerlo,
decisión por lo demás que nace fruto del ejercicio libre de su recién adquirida
independencia. Que sólo él haga uso de la brillante libertad que se le
presenta.
Coladora incluida.
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