Anticristo: Una Breve Historia
La Columna del Anticristo
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Una Breve Historia
Por el Anticristo (agosto 2006)
Efectivamente Darío Arancibia y Carlos Fuentes no habían llegado a la cumbre principal de la Torre Central del Paine, tras realizar el primer ascenso nacional de su Pared Este, vía la ruta "Una Fina Línea de Locura".
Si hubo polémica tras el artículo de Mauricio Purto, publicado el sábado 14 de marzo de 1998 en el diario El Mercurio, fue por otra razón: se omitió el fundamental hecho que NO ERA LA PRIMERA VEZ que cordadas viniendo de la Pared Este terminaran sus escaladas en la antecumbre.
Al menos, a esa fecha, ya había ocurrido dos veces: Paul Pritchard y Sean Smith al terminar "Regalo de Mwoma" (tal como ellos cuentan en el libro de Simon Yates, "Against the Wall") y la apertura misma de "Una Fina Línea de Locura" (según el relato publicado en la revista argentina Escalando).
Según como yo veo las cosas, a estos últimos nadie los ha puesto en entredicho. Todo lo contrario. Si se revisa la literatura existente, las actividades de Pritchard et al se consideran completas y, por eso, al referirnos a ellos, decimos que efectivamente "escalaron" la Torre Central del Paine.
Esa Bella Invidente
Vivimos en tiempos complejos para el análisis deportivo. Debido a la subjetividad rampante, pareciera que nada puede afirmarse sin que inmediatamente salten los contra-argumentos. Pero, como ya he repetido en varias ocasiones anteriores, eso no puede significar inmovilidad. O una total aceptación de todo. Todavía es posible tener pautas que nos permitan calificar y diferenciar.
Una de estas directrices debiera ser la "Justicia". Pero no en el sentido ético de dar a cada uno lo suyo, sino que en su forma moral, es decir, aplicando las mismas reglas a todos por igual. Si no lo hacemos, caeríamos en... "injusticias".
El caso de la Torre Central es perfecto en cuánto a esta situación. Si alguien niega que Arancibia y Fuentes escalaron la Torre Central del Paine (porque tras subir la Pared Este se detuvieron en la antecumbre)... perfecto, está bien, no hay problema; es una opinión válida. Pero, entonces mi querido Watson, eso involucraría que TAMBIÉN se habría de opinar lo mismo de Pritchard, Smith, Luro, Calvo y Plaza.
Ahora, si esto último resulta difícil de tragar (dada la abrumadora opinión universal en contra), luego, de nuevo, perfecto, no hay problema, legítima opinión otra vez. Pero, en dicho caso, TAMBIÉN habría que aceptar cómo válida la escalada de los chilenos.
O sea, y dicho bien en criollo, o lo uno u lo otro. Pero no #&$%@& a medias.
Una Pregunta Válida
Antes de continuar no puedo dejar de hacer un breve comentario acerca de la forma como Purto tocó el tema.
Él, al no considerar los hechos que yo señalo aquí, ya sea por ignorancia o convencimiento, dejó a Arancibia y Fuentes en una posición comunicacional muy desmedrada. Imagínense a todos los millones de lectores neutrales que compraron El Mercurio ese día y leyeron el artículo en cuestión. ¿Qué opinión se habrán hecho de estos escaladores? Un poco más y que son todo unos mentirosos...
Guste o no, las palabras del Doctor llegan hasta los últimos rincones del país, por lo cual debiera ser más responsable con lo que dice. No se le pide infalibilidad; nadie es perfecto y todos podemos equivocarnos. Pero han transcurrido más de 8 años de aquel episodio y todavía Purto no ha ampliado la información original; o no ha dado derecha a réplica (y después preguntan por qué se le critica tanto).
Sin embargo, y a pesar de esta aparente animosidad contra tal eximia figura, Purto sí tocó un tema válido, que aún hoy día, en la madrugada de un nuevo siglo, sigue descuerando chanchos.
¿Quién fue el primer chileno en subir las 3 Torres del Paine?
Esas Incontables Buenas Razones
No es tan fácil responder.
Enorme complejidad subyacente, diversas definiciones, aspectos culturales que no se pueden descartar... además que cualquier respuesta sienta precedente para dirimir otras tantas polémicas similares.
Para tratar de separar aguas, busquemos por un rato ayuda en la Historia (aunque de una forma bien simplona porque de lo contrario no terminaríamos nunca).
Cuando partió el montañismo, hace algunos siglos atrás en Europa, lo más importante era llegar a la cumbre de las montañas. El lugar que objetiva e incuestionablemente estaba por arriba de todo lo demás. Cualquier otra consideración, estilo, esfuerzo, merecimiento, era irrelevante. Si llegaste, triunfo; si no, fracaso.
Tenía sentido. Por muchas y buenas razones. Primero, porque era un método de prueba para saber si los tipos efectivamente habían hecho cumbre. Segundo, elemento no menor, era un criterio perfecto para calificar, en una misma ruta y montaña, qué actividades eran mejores que otras. Tercero, igual de importante, es que daba un final apropiado a una actividad saturada del espíritu romántico del hombre: un individuo parado en la cúspide de una montaña difícil, con el pie sobre ella, como dando a entender que la pasión humana había prevalecido. Cuarto, por oposición, era impresentable afirmar haber conquistado un pico si aún existía terreno incógnito por sobre el "conquistador". Quinto... Basta.
Hay muchos ejemplos de este enfoque. El más representativo de todos es, por supuesto, lo que ocurre en la ruta "normal" al Everest. Si no tocaste su cima, no cuenta. Si no, que lo digan Charles Evans y Tom Bourdillon, que llegaron hasta la Cumbre Sur (8.750 m) dos días antes que Hillary y Tensing, teniendo que devolverse porque uno de los aparatos de oxígeno no estaba funcionando como correspondía.
Hoy nadie se acuerda de ellos.
Los Rebeldes de Siempre
Una vez que comenzaron a escasear las cumbres vírgenes, a los espíritus aventureros no les quedó otra que rebuscarse un nuevo teatro de acción. La solución fue obvia: usar las mismas montañas de antes, pero esta vez por rutas distintas.
En un principio no hubo mucho alboroto porque dichas vías también como que tendían a terminar en la cima. O bien sus actores se preocupaban de ir explícitamente a ella, para darle un sentido de completitud a su ascenso.
Pero después, muy pronto, comenzaron a intentarse recorridos cuyo término lógico era un punto sin relación alguna con la cumbre misma, por lo que sus aperturistas descartaron de plano ir a ella y, con eso, desencadenaron el conflicto.
Los de la vieja escuela afirmaban que estos "recién llegados" no podían llegar al valle y decir tan sueltos de cuerpo que habían subido una montaña, siendo que en realidad no habían tocado físicamente su punto más alto. Los afectados rebatían comentando que a veces las cimas quedaban a trasmano (típico de las montañas muy anchas). Los veteranos retrucaban diciendo que así era re-fácil ocultar los fracasos, porque se podían devolver donde ellos mismos quisieran y aún así catalogar su actividad como exitosa. Ante lo cual, los "rebeldes" argumentaban que sus nuevas rutas eran las que verdaderamente estaban manteniendo vivo el espíritu del alpinismo, dado que eran mucho más comprometidas que las habitualmente "cómodas" vías normales. Y así.
Hasta el día de hoy.
Polos Opuestos
Para tratar de resolver el entuerto, surgieron varias líneas de pensamiento que, con variantes, se han mantenido hasta la fecha.
Una de ellas, la que representa al montañismo más clásico de los clásicos, es la fiel copia de la postura original y podría resumirse así: "sin cumbre es intento". Y punto. Nada más importa; todo lo demás es accesorio.
Por supuesto que quienes mantienen esta postura igual hacen algunas excepciones pero éstas son contadas con los dedos de la mano. Una de ellas, la más conocida, es el primer ascenso del Kangchenjunga en 1955, por los británicos George Band y Joe Brown. Ellos no pisaron la cumbre como una muestra de respeto por las culturas nativas del Himalaya, las cuales consideraban las cimas como la morada de sus dioses (les recomiendo que ni siquiera piensen en buscar segundas intenciones de estos alpinistas, porque para llegar a ese par de metros finales, un pequeño y fácil promontorio de nieve, Brown tuvo que escalar una torre de roca empotrando las manos en una fisura; como si estuviera en Socaire, pero a 8.586 m).
Por oposición, al otro extremo del ring, están aquellos que manifiestan que es torpe tratar de colocar reglas absolutas a una actividad tan subjetiva como el montañismo. Por ende, llegada la hora de evaluar, arribar a la cima es importante, pero no puede ser el único criterio. Hay otras consideraciones. Por eso, usan como lema "la cumbre y sus circunstancias".
Para quienes piensan así, Dagoberto Delgado sí debiera ser considerado el primer chileno, y hasta ahora único, en escalar el cerro Torre. Porque, joder tío, a quien le importa si gateó o no los últimos 15 cómodos metros de nieve (si ya había hecho 37 largos en medio de una infernal tormenta).
Psicoanálisis
Es obvio que la historia de la percepción del "éxito" en montañismo no es tan lineal como aquí la he presentado y, también, es innegable que hay muchas otras corrientes de opinión (aunque éstas, en el fondo, son matices de las dos grandes posturas aquí ya esbozadas: realidad versus interpretación). Nuevamente mis disculpas por haber simplificado, pero, insisto, era la única manera de no perder de vista lo que aquí se está discutiendo.
Yadda-yadda-yadda-ya. Stop. Suficiente. No más palabrerías. Basta de hacerle el quite a la pregunta. Contesta. Según tú, ¿quién fue el primer chileno en subir la Torre Central?
No tan rápido. Todavía falta por seccionar.
Lo que sí puedo adelantar es que para mi SÍ es relevante llegar a un punto donde yo sepa que he terminado. Un lugar físico que me demuestre, sin lugar a ninguna duda y más allá de lo que mi sufrimiento quiera hacerme ver, qué no hay más. Que la tarea está hecha.
Es evidente que hay algo de inseguridad en esta declaración. Me gustaría ser lo suficientemente valiente como para afirmar que nada me importa y que si yo creo que yo triunfé es suficiente para mí.
Pero no soy así, no tengo tanta confianza en mí mismo como para eso. Necesito reforzamientos. Algo "real" que me confirme que fui capaz.
Como una cumbre.