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Bichos, ¡Puaj!
Por el Anticristo (abril 2004)
Simplificar tiene sus
ventajas.
Logramos reducir complejos sistemas a ideas
digeribles que nos permiten tener una breve idea de lo que es la realidad, sea
cual sea que esta sea. Tales nociones son las que usamos constantemente para
hacer juicios a través de nuestra existencia, las cuales tejen una malla de
seguridad a la que nos aferramos: esto es así, esto es asá, ellos están bien,
aquello está mal.
Lo irónico del asunto es que tales
reducciones, útiles para llegar a una hipotética certeza, tienen una base
esencialmente inestable, dado que llevan en sí su propio germen de destrucción:
al no ser verdades absolutas, siempre hay ejemplos que los anulan.
Bla, bla, bla... Todo esto para blindarme hoy,
cuando reduciré la pequeña comunidad montañera nacional a dos grupos: los Apis
Mellifera y los Aedes Albifasciatus.
Los Apis
Son todos aquellos montañistas que se
caracterizan por estar sentados en el living de su casa, esperando ser
invitados a una nueva expedición.
Se desviven para y por tal objetivo. No es
errado afirmar que el placer que les provoca tener en su pecho el rótulo
"seleccionado" es igual o mayor al cumplimiento del objetivo mismo.
Por eso no tienen vergüenza alguna en
presentarse a sí mismos en sitios adonde no han sido llamados. Cualquier método
sirve: una indirecta, un recado, una carta, una llamada telefónica... Medios
siempre sazonados de frases como "prometo dar lo mejor de mí",
"no lo defraudaré", "sé trabajar en equipo" o "soy el
indicado". En el fondo, complejos eufemismos para decir "por favor,
¡lléveme!".
Se les reconoce fácilmente: nunca han sido, de
facto, jefes de una expedición.
Los Aedes
Por el contrario, existen otros para quienes
el proceso no forma parte de su sueño. Nada que ver. Su ambición tiene un
nombre y un lugar específico: es esta montaña, por esta ruta. Ergo, les es
indiferente llevarlo a cabo inmersos dentro de un grupo o no.
Pero no hay engaño aquí. Ya sea porque no
están emparentados con una generación abundante en ambiciones, o porque nadie
los soporta, o porque simplemente nadie los invita a ninguna expedición, al
final se ven obligados a organizar su propio viaje.
Todo esto aunque nunca hayan asistido a algún
seminario donde expliquen como llevar a cabo el liderazgo.
Se Arrienda
Digamos de partida que nadie pone en duda el
talento y la capacidad que poseen los Aedes o los Apis. Ambos
tienen su lugar dentro de la creación y aportan al desarrollo de la disciplina.
Es decir, el factor físico-técnico, incluso el psicológico, se distribuye
homogéneamente en ambos.
Donde difieren es en su actitud. Por eso es que
siempre mis simpatías están con el Aedes. Éste, con su fama
de molestoso, rebelde y solitario, es quien realmente mueve las
fronteras, pues está comprometido con cada una de las actividades
que acomete. Y, dado que asume más riesgos, es imposible no sentir
empatía con su lucha, la cual se denota más noble, más épica, más
romántica.
Su contraparte, el Apis, en el fondo, nunca
ha triunfado solo. Depende en demasía del trabajo en equipo, sin
el cual se siente desnudo. Y, cómo es incapaz de organizar algo
por sí mismo, quizás por flojera, talvez por cobardía, al final
se asemeja a una estrella fugaz. Que refulge, pero apenas se quema,
desaparece para siempre.
Justo castigo para quien sólo vive de sueños
prestados.
Endémico Problema
Infortunadamente, en Chile, los Apis
son mayoría. Abundan estos insectos pasivos con fama de trabajadores,
políticamente correctos, de buen pasar, con colonia segura a la cual
pertenecer... pero que van de flor en flor sin dar su alma, porque sí lo hacen,
mueren.
Para progresar nos hacen falta más Aedes,
más bichos desordenados, soñadores y hippies que pican y pican sin
preocuparse de complacer.
Bueno, habiendo terminado de expresar mi simplificación,
entonces dime tú, pequeño e insignificante insecto, ¿qué tipo de
repugnante bicharraco eres?
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