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Mi Abuela
Por el Anticristo (junio
2005)
Y yo pensaba que lo había visto todo.
La muerte de 45 soldados en los faldeos orientales
del volcán Antuco, en la octava región de Chile, es algo que todavía
no puedo dimensionar. ¡45! ¿Saben cuán grande es este número? ¡Son
6 tragedias de Campo de Hielo Norte puestas una al lado de la otra!
Lo triste de envejecer
es que se va perdiendo la capacidad de asombro, además que los ojos ya no se
humedecen con tanta facilidad. Pero ese día, cuando supe la noticia, mirando
embobado las imágenes que la televisión mostraba, no pude dejar de emocionarme.
¡Maldición!
Pero, ya ha pasado un
tiempo y la pena ha ido menguando, ayudado esta vez por un severo dolor de
muelas. Es en este estado de ánimo que quise compartir con ustedes algunos
pensamientos, cosas que van más allá de buscar culpables y que son mi primera
línea de defensa a la cobertura que los medios de comunicación hicieron.
Primero
Dada la gravedad de la situación, es evidente que el prestigio del Ejército
de Chile está por los suelos, al menos en lo que respecta a sus campañas en la
cordillera. Es como un gatito que tenemos atrapado por el cuello.
Es tan, pero tan fácil criticarlos ahora, que me llega a dar pena hacerlo.
Distinto hubiera sido atacarlos ANTES, cuando su imagen en términos de montaña
estaba incólume. ¿Quién se les enfrentó en esos momentos? ¿Quién se atrevió
entonces a criticar su equipamiento? ¿O a sus instructores? ¿O a su Escuela de
Alta Montaña? Hacerlo ahora tiene mucho de oportunismo y poco de valentía.
Como decía mi abuela, no hay que hacer leña del árbol caído.
Segundo
Es incorrecto argumentar que el ejército no debió haber
efectuado la campaña si venía mal tiempo.
Estamos hablando de soldados, quienes para protegernos deben
entrenarse en las condiciones que nuestro país posee. Por lo tanto la cuestión
aquí no es sí ellos debieron haber ido o no, sino que si las condiciones eran
lo suficientemente malas como para abortar la actividad.
Pero claro, es imposible decir dónde está el límite entre lo
que es un entrenamiento productivo y lo que es locura.
Aún así, igual no podemos perder de vista que la regla de
evaluación es diferente a la que usan los civiles. De la misma manera que
éstos, casi por definición huyen del mal tiempo, un soldado, SE SUPONE, debe
hacer de éste una ventaja, algo de lo cual hay que sacar provecho. Y para ello
hay que aprender a desenvolverse en él.
Por eso, como decía mi abuela, cuando llueve no todos se
mojan.
Tercero
Los medios de
comunicación están equivocados. El pronóstico del tiempo no es un factor
relevante para probar negligencias en montaña. Sólo es un dato complementario.
Porque la escala a la
que se mueven los andinistas, ya sean civiles o militares, es demasiado fina,
mientras que los reportes meteorológicos tienden a ser genéricos.
Normalmente hablan así: "probables chubascos
y fuertes vientos", y, en el mejor de los casos, cuando se
solicitan informes más precisos, no pasan de "nevazones intensas
y ráfagas de 40 km/h". En cambio, si quisieran ser datos fundamentales
a la hora de evaluar actividades, deberían decir algo así como "en
el valle de la Engorda, con probabilidad de 90%, habrá vientos de
100 km/h, rachas de 140 y viento blanco".
Pero esto no es posible,
además que todavía hay groseras equivocaciones en sus advertencias,
observándose despejados días en lo que se suponía eran consistentes frentes de
mal tiempo.
Cómo decía mi abuela, no
todas las nubes traen lluvia.
Cuarto
Es irrealizable brindarle hoy a los
conscriptos equipamiento de montaña de primera. Por una sola razón: es
económicamente insustentable.
Haciendo un cálculo simple, para emparejar a
un soldado con el equipamiento estándar de un andinista civil promedio, se
necesitarían aproximadamente US$ 2.000 por cabeza (y sólo por concepto de
equipo personal; todavía hay que sumarle el equipo común). Y eso sin hablar de
los costos de reposición, porque, bad news, estos equipos duran menos
que un presidente de Bolivia.
La pregunta es simple. ¿Está nuestro país
dispuesto a realizar tal inversión?
Más allá de lo que la gente vocifere y exija, lo
que importa es lo que realmente hacen, lo cual significa ponerse
la mano en la billetera. Por eso la respuesta es fácil: ¡NO!
Nuestro país no está dispuesto a invertir en ellos.
Como decía mi abuela, obras son amores y no
buenas razones.
Quinto
Las últimas informaciones hablan de cortes
marciales y juicios en contra de los responsables. Pero, por supuesto, nadie
recuerda que en montaña los accidentes no necesariamente ocurren debido a
negligencias puntuales. Hay otras consideraciones.
En mi opinión, éste tiene toda la impronta de
aquellos que se deben a una cadena de errores más que a la falla única de un
militar. Es decir, la situación era una bomba de tiempo. Tarde o temprano iba a
ocurrir.
Sólo recuerden que la campaña se repetía año
tras año, que UNA VEZ EN EL OPERATIVO MISMO el rango de acción de los
responsables era muy restringido y que la calidad de los instructores SIEMPRE
ha sido cuestionada por el mundo civil. Pero, ¡oh!, claro, el país demanda
culpables, y no cabe duda que los obtendrá sí o sí.
Como decía mi abuela, no podrás decir que fue
accidente que nunca nadie es malo de repente.
Sexto
Siempre he creído que la situación geopolítica
de Chile amerita un esquema de servicio militar semejante al de Suiza. No sólo
sería una fuerza social igualitaria (dado que tendríamos que hacerlo TODOS),
sino que también la defensa nacional adquiriría un rostro más cercano.
Pero, no me voy a engañar, el cambio es tan
radical que la elite de nuestro país jamás lo implementará. No queda otra que
contentarnos con lo que hay, y eso significa un ejército regular del tipo
prusiano-occidental.
Ok. Pero, si va a hacer así, entonces mejor
hacerlo voluntario.
Estoy de acuerdo que esto no tiene nada que
ver con la causa del accidente, toda vez que se demostró, a pesar de lo que se
creyó en un principio, que la mayoría de los conscriptos involucrados en la
tragedia no eran reclutas obligados.
Pero, ¿saben? ¿Qué importa? ¿Por qué mejor no
aprovechar el impulso y hacer el cambio de una vez por todas?
Así ganamos todos. Primero, se sinceraría la
situación porque sabríamos realmente cuántos chilenos están interesados.
Segundo, mejoraría la calidad de nuestras tropas, porque los que están son
personas que tienen la vocación. Y tercero, haría más robusta la imagen de las
Fuerzas Armadas en casos de tragedias, porque los afectados serían personas que
llegaron allí por su voluntad. No tiene sentido tener juntos hoy a dos perfiles
de soldados tan disímiles.
Como decía mi abuela, pantera y ovejas no
cazan juntas.
Séptimo y Último
Cuando ocurrió el accidente en el Campo de
Hielo Norte en diciembre del 2002, el Ejército se aprovechó de la situación. Ya
sea dicho explícitamente o con sutilezas, hicieron ver cuán profesionales, cuán
cuidadosos, cuán expertos eran ellos en montaña, por oposición demostrando lo
descuidado y amateur que era su contraparte, el mundo civil.
Por supuesto, estas semillas cayeron en terreno
fértil, porque la ciudadanía reforzó una idea bien arraigada en el alma
nacional: que los mejores exponentes del andinismo se encuentran en las Fuerzas
Armadas y en Carabineros (cuando en realidad es lo opuesto).
Las ironías de la vida. Fueron exactamente las
mismas fuerzas de la naturaleza que se encargaron de bajarles los humos a los
uniformados. Además que ahora, después de lo ocurrido, han perdido cualquier
base moral para entrar a juzgar cualquier cosa en montaña.
Por eso hermano, por eso compañero, no olvides
lo que siempre decía mi abuela: nunca, pero nunca jamás, hay que escupir al
cielo.
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